Mostrando entradas con la etiqueta ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ensayo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de julio de 2012

Apuntes para un "Manifiesto vital"

[Lo que a continuación sigue es un breve ensayo realizado por Spaski, no presentado en ninguna otra parte y descartado para algún que otro trabajo y/o concurso, y que contiene dos partes: "Contra la psicología barata" y "Para una metafísica de la vida". El ensayo sigue en crecimiento y lo que aquí se aporta son unos simples esbozos del mismo]


MANIFIESTO VITAL 
- Contra la "psicología barata"

No hay nada más equivocado, a mi entender, que alguien que busca refugio anímico en las secciones de “psicología” de las librerías. No lo digo por la necesidad, muy humana por otra parte, de intentar calmar el “ansia existencial” que vagabundea entre horarios inhumanos de trabajo y familias desestructuradas y que, por si esto fuera poco, las corrientes postmodernas se afanan en recordárnoslo a cada momento.  

Lo digo porque ojeando esta sección uno acaba topándose irremediablemente con algo denominado “autoayuda” que, dicho sea de paso, actúa como un catalizador de compra para las mentes débiles.

En primer lugar me veo obligado a señalar dos cosas, antes de proseguir con mi manifiesto vital:

1-      Hay una mentira fehaciente en la etimología usada, con fines comerciales obviamente. “Ayuda” es la acción del verbo ayudar, que si nos remitimos al diccionario de la RAE viene definido como: “prestar cooperación” en su primera acepción del término y como “auxiliar o socorrer” en la segunda. Y ahí radica el primer error: hay un tremendo desfase gramatical, un horrible oxímoron y una falacia pertrechada durante años en el término autoayuda. Ayudar siempre implica a otra persona, otro sujeto al menos, el ayudado y el que ayuda; la cooperación nunca puede ser individual. Tú no te puedes ayudar a ti mismo. Uno puede reflexionar o meditar (verbos muy caídos en desuso por cierto), incluso, si se me permite usar el término de Ortega, “ensimismarse”. Busque sinónimos de ayuda (aportar, contribuir, participar…) todos incluyen a otra persona, o conjunto de personas, o están relacionados con algún otro ente; en cualquier caso la acción de ayudar nunca se puede hacer sólo o sobre uno mismo. De esto saben, y mucho, las religiones.

2-      Esos libros que aparecen en esas estanterías NO son psicología. Algunos autores (todos podríamos dar tres o cuatro nombre con facilidad) usan una retórica efectivista pero hueca, y un impactante marketing publicitario para alzarse a los primeros puestos en la lista de ventas. Escribir un libro para cambiar la vida a la gente es, cuanto menos, pretencioso. Me recuerda a Freud cuando se autodenominó, refiriéndose a su nuevo método, como la tercera revolución intelectual, tras Copérnico y Darwin. ¡Ja! Hoy día el psicoanálisis en el campo de la salud mental está al mismo nivel que el de los chamanes africanos. La verdadera psicología al menos ha sido humilde (tras una historia plagada de errores, todo hay que decirlo) y actualmente sólo alardea del éxito de las terapias cognitivo-conductuales para un número reducido de “conductas desadaptadas”, que no enfermedades, que para eso ya está la medicina. Cuando uno lee uno de estos libros de autoayuda lo que encuentra es una verborrea pirotécnica, unas metáforas pueriles y unos esbozos filosóficos traídos por los pelos. Nada de argumentación, nada de demostración y… ¿resultados? Sólo decir que los ingresados en hospitales psiquiátricos y los pacientes que acuden a consultas psicológicas aumentan en número cada año que pasa en todas las partes del mundo. Es decir, que esté mundo está cada vez más loco.

Aún así no es todo malo lo que hay dentro de estos libros. Decía antes que contenían esbozos filosóficos y es en este punto donde me quiero centrar. Si algo ha sabido hacer la psicología en estos últimos años ha sido venderse. Justo lo contrario que la filosofía (seguramente porque ni lo necesita, ni lo busca), pero es cierto que ésta última ha caído en un agujero oscuro y abstracto que no conecta con la sociedad actual.

Un sujeto llega a una tienda de estas, con la intención de comprar o no un libro de autoayuda; el caso es que entra y llega hasta dicha sección. Ojea algunos ejemplares: “Aprender a vivir”, “Usted puede sanar su vida”, “Leyes espirituales del éxito”, “¿Cómo ganarse la vida y ser feliz?” y así un sinfín de títulos donde sobre todo habitan tres las palabras: vida, felicidad y éxito. Analicemos dichos términos:

El éxito es resultado feliz de un negocio o actuación* y la felicidad es un estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien*.

El éxito se refiere a algo determinado, a una actuación nos dice la definición. La vida, diría yo, es mucho más que una simple actuación. Empecemos por señalar que, de entrada, nadie sabe la duración de su propia vida, lo que ya de por sí dificulta hipostasiarla al éxito. Es más, ¿cómo medimos el propio éxito? ¿En función de qué variables?

La felicidad es igualmente difícil de medir y generalmente viene marcada por factores externos, internos o ambos. Alguien está feliz por algo o por alguien, es decir, tiene un motivo para estar feliz. ¿Hay una escala de felicidad? ¿Puedo estar 100 % feliz? Imaginémonos, que sí, que soy 100% feliz; entonces, cómo he alcanzado el grado sumo de felicidad, esto me supone más felicidad aún y entonces, ¡mi felicidad sube hasta el 120%! Obsérvese que esto puede suceder hasta el infinito, e igualmente puede ocurrir el caso contrario, es decir, con la infelicidad (lo que por cierto no sólo es más inquietante sino que le sucede a algunas personas – cada vez más en las sociedades occidentales- y los expertos clínicos denominan depresión).

El error viene de reducir la vida a un ente medible, cuantificable y atribuirle un “plan de felicidad” o “una hoja de ruta para el éxito”. La verdadera pregunta, y esto sí que es filosofía, sería, entonces, ¿qué es la vida?

(* ambas definiciones corresponden a la RAE)

viernes, 2 de marzo de 2012

Algunos hombes sabios

ENSAYO POSTMODERNO SOBRE CÓMO SALVAR A ESPAÑA

Suárez nunca ha perdido la memoria, como dicen, como anunció su hijo en una fecha poco azarosa. Suárez nunca ha perdido la memoria porque nunca la tuvo. Y nunca la tuvo porque no la interpretó, no la modificó, no la moldeó. No intentó descifrarla, no intentó cubrirla o rociarla de ideología propia, no filosofó sobre ella o la observó desde una óptica hermenéutica. Suárez nunca ha perdido la memoria porque no tenía memoria, tenía – y tiene – historia. Suárez tuvo, tiene y tendrá historia, no memoria.

Porque la historia se conoce, se lee, se aprende, en ocasiones, incluso, se vive – Suárez no la vivió, Suárez la construyó, Suárez ES historia – la historia, en definitiva, se percibe y se aprehende. Eso hizo Suárez. Eso es y eso fue Suárez. Fue historia y fue un político. Un político puro, un político sin memoria, un político con historia, que construyó la historia e hizo política. Puntualizo: verdadera política. Porque existen muchos políticos pero no todos hacen política.

Hacer política es mirar al futuro, abrir nuevos horizontes, crear nuevas posibilidades, perseguirlas, alcanzarlas, o al menos, intentar alcanzarlas; pero no es anclarse en el pasado, revisarlo hasta la extenuación, revisionarlo hasta sus últimas consecuencias, atraparlo y transformarlo, darle un molde adecuado a los propios intereses, maquillarlo… La política es futuro, nunca pasado. El pasado es interesante conocerlo, pero no imprescindible. Yo diría que es interesante conocerlo si eres inteligente, si lo vas a saber interpretar, comprender y asimilar, pero sin ningún ánimo de revivirlo, de apoyarte en él como baluarte ideológico, como excusa política. Eso no es política, eso es usar la historia y convertirla en memoria. El pasado está ahí y sólo los inteligentes lo aprehenden.

Porque la memoria y la historia se parecen, se imbrican, se diluyen mutuamente, se contraponen y contaminan, viven unidas de la mano. Puntualizo: la historia es el dedo de la mano y la memoria es el anillo que lo cubre. Un anillo que lo dota de significado, de valor, de ornamento, lo ilumina y lo dignifica; en definitiva, lo blinda de sentido. Pero es que la historia no tiene sentido, la historia ocurre y ya está. Y la memoria es un intento, muy humano, mejor dicho, esencialmente humano, únicamente humano, fundamentalmente humano, que en ocasiones, descifra y malbordonea la historia. La memoria juega con la historia pero no son lo mismo.

Hay algunos que siguen confundiendo memoria e historia y es un error juzgar la memoria a través de la historia, o la historia a través de la memoria, o confundirlas, o equipararlas… Pero es un doble error juzgar al que ha juzgado la historia con la memoria. Eso es muy humano, y es sobre todo, muy español. Equivocarse sobre otra equivocación. La propia historia de España es una sucesión de equívocos y errores. España es un país donde todo el mundo interpreta la historia con la memoria, donde todos creen tener razón en el presente y sin embargo siempre se están buscando soluciones para el futuro. España es una nación con un pasado tumultuoso que se extiende hasta hoy, España es un país sin presente. Puntualizo: España es una nación con un presente anclado en el pasado, con una memoria actual que relee una y otra vez el pasado, con una política de pasado, no de futuro y eso sigue condicionando el debate actual y eso provoca la necesidad de mirar al futuro en busca de soluciones. Y cuando se buscan soluciones es que existen problemas. Para la derecha el antecedente de la actual democracia remite a la época de la Restauración y para la izquierda a la Segunda República. No hay una memoria histórica compartida, hay relecturas distintas de los mismos hechos. Hay historia y hay memoria, pero en España se superponen, se conjugan, se concentran en un debate eterno, infructuoso y desquiciante.

El pasado es interesante conocerlo, sobre todo y seguramente sólo por un motivo: para conocer con mayor exactitud quiénes somos, de dónde venimos y tal vez también, para aumentar nuestra umbral de respeto. Porque en cierto modo todos somos hijos de un pasado, de una historia, que despliega sus tentáculos hasta el infinito, que traspasa las fronteras temporales y que embadurna a todo el mundo, se quiera o no. Por eso es importante conocer el pasado, no interpretarlo a gusto de cada uno, porque la interpretación es siempre por definición: subjetiva, interesada y partidista. Uno no puede desligar la interpretación de uno mismo, como es casi imposible mirar la historia sin memoria. Sólo los inteligentes, los muy inteligentes son capaces de desligarse de la memoria para observar la historia y de transportarse a la historia llevando a cabo ejercicios amnésicos.

Suárez pudo haber sido cualquier cosa, fue cualquier cosa, se le tachó de casi todo, pero lo que no se ha dicho las veces suficientes sobre él, lo que se ha dejado pasar por alto demasiadas ocasiones, lo que no se señaló con precisión y determinación, tal vez por envidia, tal vez por olvido, tal vez porque es casi imposible desligar la historia de la memoria y la memoria de la historia, es que era inteligente. Suárez era inteligente. Puntualizo: Suárez era inteligentísimo. Fue el hombre de España durante más de una década, fue el hombre que todas las mujeres soñaban y que todos los hombres anhelaban. Un ser hecho a sí mismo: pasó hambre y penurias en sus primeros años, sufrió, mendigó y malvivió en infinidad de trabajos precarios, pero supo granjearse las amistades oportunas, supo estar en el sitio y momento adecuados, siempre tuvo una sonrisa halagadora y un abrazo pertinente, una palabra medida y un gesto cordial, una mirada amistosa y un detalle inesperado. Podría parecer interesado, fantoche, vanidoso, orgulloso o arribista; puede ser, pero la España de aquellos años, era orgullosa, vanidosa y fantoche, era una España inculta y medio analfabeta, una España que todavía luchaba (realmente no luchaba, porque en España pocas veces la gente ha luchado por algo) por quitarse las telarañas del franquismo. Era una España que podía ser cualquier cosa, menos inteligente. El futuro de España en aquel momento era oscuro y turbio, ponzoñoso, asqueroso hasta la extenuación, pero Suárez era inteligente y eso nos salvó. Suárez salvó a España. No fue el Rey, fue Suárez. Fue un político puro el que nos salvó, fue un hombre que miraba la historia sin tintes memorísticos, fue un ser tremendamente inteligente el héroe de la nación.

Porque el Rey jugó un dople papel o un triple papel o jugó a infinidad de papeles, porque el Rey era joven e inexperto y no sabía que tenía o que debía hacer. Pero tuvo una intuición mágica, poética, sublime, yo diría que tuvo una revelación. No colocó a Fraga o a Gregorio López Bravo o a Federico Silva al frente del gobierno. Nadie acertó en las quinielas porque el Rey colocó a Suárez. El Rey podía ser muchas cosas, podrá ser muchas, demasiadas, infinitas cosas (buenas o malas) pero no confundamos memoria con historia. El Rey jugó su carta: Suárez. Y esa carta fue ganadora. El Rey acertó y nunca hubiera acertado si no fuera inteligente. Supo rodearse de buenos consejeros, de gente lúcida y astuta que le aconsejó bien, pero fue él el que tomó la decisión de Suárez. Fue el Rey. Y acertó. El Rey dispuso y Suárez puso. El Rey hizo su trabajo, breve y corto sí, pero pudo haber fallado y su fallo hubiera acarreado desastrosas consecuencias, y no falló, acertó porque era inteligente. Y Suárez se convirtió en héroe.

Ese falangistilla de provincias, ese fantoche desgarbado, ese garasbís de provincias, ese hombre trepa, arrogante y vanidoso, que se había trabajado y ganado la amistad del Rey; puntualizo: cuando apostar por el Rey era apostar por nada. Ese fue el que nos salvó.

Suárez supo adelantarse a su tiempo, supo intuir con precisión que sería el Rey quién jugaría un papel decisivo en la historia de España y él quería estar allí. Miró hacia el futuro cuando toda España seguía ciega en el pasado. No interpretó la historia con la memoria, no confundió las luces reminiscentes del franquismo con la biografía de un hombre llamado Juan Carlos. Creyó en las personas, creyó en el Rey cuando no era Rey, era Príncipe, cuando nadie apostaba por él, por la monarquía como forma de gobierno en un futuro, supo mirar hacia adelante y esa mirada fue correspondida por el Príncipe cuando éste se convirtió en Rey, cuando Juan Carlos todavía no era Don y cuando Don Juan Carlos tampoco confundió la historia con la memoria, no interpretó la biografía de Suárez, la comprendió, la leyó, la intuyó, la compartió porque era su amigo, pero no la interpretó, no la confundió con la memoria, aquella que señalaba que Suárez era un falangistilla de provincias, ese fantoche desgarbado, ese garasbís de provincias, ese hombre trepa, arrogante y vanidoso, que se había trabajado y ganado la amistad del Rey. España empezó a salvarse cuando dos políticos puros e inteligentísimos miraron juntos hacia el futuro.

Suárez no ha enloquecido porque haya perdido la memoria, pues nunca la tuvo, tuvo historia (es y será historia) Suárez ha enloquecido porque sigue siendo político (él, un político puro, nunca lo dejará de ser) y sigue haciendo política, política de verdad. Oteando el horizonte, mirando hacia el futuro, sin volver la vista atrás, sólo en lo necesario y esencial y sin confundir memoria con historia. Lo que Suárez ve cuando mira al futuro no le gusta, ve las cosas oscuras y turbias, y vislumbra un caos de historia y memoria; como si el pasado volviera una y otra vez sobre nuestras cabezas. Suárez no ha enloquecido porque haya perdido la memoria, Suárez ha enloquecido porque sigue mirando al futuro y ese futuro es oscuro y turbio, ponzoñoso, asqueroso hasta la extenuación, y ya no existen hombres inteligentes capaces de salvar una nación.

Bibliografía:

- VVAA, "Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la filosofía política"

- Javier Cercas, "Anatomía de un instante"

- José García Abad, "Suárez, una tragedia griega"

- Abel Hernández, "Suárez y el Rey"

- Javier Tusell, "Manual de Historia de España s.XX"

jueves, 14 de abril de 2011

En el andén

"Si hay algo que me fascina de la evolución humana es el ingenio que posee el homo para crear artilugios que nos transportan de un lugar a otro.
Si hay algo que repudio en la historia mundial es la capacidad que poseen las elites político-económicas para enmascarar la realidad"

Spaski


El tren ha sido uno de los inventos que parece ser más han ayudado al ser humano en su desarrollo económico. Según Wikipedia, lo creó un tal Stephenson en plena Revolución Industrial (nunca entiendo porque ciertos períodos históricos deben ir con mayúsculas). Creo que esta vez la Wiki no miente, porque recuerdo vagamente ese nombre y esa época de mis años colegiales. Stephenson bien podría ser un jugador de fútbol sueco, pero la revolución industrial (así mejor) la estudié sin duda.

Ojeando la Wiki extraigo algunas conclusiones:


1. El tren ha posibilitado el intercambio de productos por todo el mundo – una de las máximas del capitalismo- .

2. Ha hecho posible que estemos más interconectados que nunca antes en la historia y que podamos llegar en menos tiempo y con más comodidad a lugares lejanos.

3. Por tanto, el puto tren es el aliado perfecto del capitalismo. Engrana perfectamente con sus asunciones y planteamientos, es la herramienta exacta para el ideario de una economía global a nivel mundial.

Y es cierto los trenes puede que sean cojonudos, pero los andenes no.

Yo voy a hablar de los andenes. Primero porque me sale de los cojones, segundo porque quiero y tercero porque me da la gana. Además de estos tres impolutos argumentos, hablaré de los andenes porque creo que es el lugar donde se produce una perfecta simbiosis entre mis dos grandes pasiones históricas; citadas al principio de este pseudoetílicoensayo y que para el lector menos acostumbrado a lidiar con pensamientos de tanta calidad volveré a recordar: los inventos para acortar distancias y el discurso falso e interesado del lobby.

Los andenes son lugares trágicamente humanos. Simbolizan el tránsito efímero y fugaz que tenemos en este mundo. Son una metáfora sincera del intercambio capitalista, del ir y venir, del fluir constante que nos convierte en algo prescindible, sin alma. Los andenes son el reflejo fiel de la existencia del ser humano: solitarios, aburridos, esperando a no se sabe qué, para ir a no se sabe dónde, para hacer no sabe el qué.

En los andenes la gente está inmóvil, catatónica, a lo más, sentada en un incómodo banquito metálico (condenadamente frío en invierno, molestamente ardiente en verano) mirando al horizonte, oteando la delgada línea que separa el fin del mundo del inicio de los sueños; esperando que llegue el tren. Los allí presentes no se hablan, no se miran. Algunos leen. Otros escuchan música en minúsculos reproductores fabricados en países donde no existen los trenes ni los andenes. Pero todos, absolutamente todos, ignoran su alrededor, lo que sucede en su aureola vital; nadie quiere cruzar su alma desprovista de sueños con otra. Seguramente porque pensamos que el vacío no puede traer nada útil, nada aplicable, nada físico, nada que sume a nuestra leve existencia.

El andén es una suerte de camposanto moderno. Ahí residen los restos del individuo postmoderno. Es el cementerio del siglo XXI.

Los grandes genios modernos hablaron del tren, pero no de los andenes. Veamos:


- Kant bebió del primer pensamiento capitalista para proponer que los individuos debían tratarse como fines y nunca como medios y a eso lo llamó dignidad. Está claro que fracasó.

- Marx encontró en las contradicciones la raíz de la vida, subrayó con acierto que la propiedad privada provocaba la alienación del individuo pero también naufragó en su corolario final: la humanidad nunca alcanzará un estado de perfección.

- Freud trajo el inconsciente a un primer plano y, con frecuentes consumos de cocaína, señaló que vivimos reprimidos por nuestro propio entorno social. Mentira: existen locos, idealistas, niños, borrachos, delincuentes, violadores, políticos corruptos, gente que folla en público y hasta existe gente que cree en Dios y mata en su nombre (este último grupo abarca a seres despreciables que destrozaron la vida de muchas personas haciendo saltar por los aires trenes [desde luego la elección de este medio de transporte no fue azarosa] un 11 de Marzo en Madrid)

- Los fascismos, los socialismos extremos, los nacionalismos, los anarquismos, el feminismo y el masculinismo (¿existe esto?), los republicanismos, los budismos, y todos los –ismos que existen, existieron y existirán han provocado guías socioéticas para vivir a los individuos, que las abrazaban con sumo interés al principio de sus vidas pero, que según iban creciendo observaban – con creciente frustración y cabreo- como sus líderes se enriquecían a costa de esas ideas, lo que ha provocado que el individuo del siglo XXI deteste a la clase política.

- La economía es la gran ciencia del mundo actual. Pero nadie con interés por vivir una vida decente entiende los términos de inflación, regresión, tipos de interés, acreedor, beneficio con acción por dilución, flujos circulares de renta, hobling… La economía moderna es una secta creada por los ricos para seguir beneficiándose a costa de los pobres y encima poder decirles:

¡Os lo explicamos pero sois tan tontos que no lo entendéis!

¿Y qué hacemos todos mientras? Esperar en el andén, a que venga el tren.