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jueves, 22 de marzo de 2012

El año en que me convertí en un hijo de puta

- Si le digo la verdad no me acuerdo exactamente cuando ocurrió. Lo que sé con certeza es que era verano. Verano y por la tarde, sí. Madrid entera dormía la siesta y hacía calor. Yo estaba excitado, acariciándome el nabo, tumbado en el sofá mugriento, salpicado de fluidos asquerosos y malolientes y con infinidad de boquetes por donde se podían ver los muelles.

Era 1982, el año en que Italia ganó el mundial de fútbol. El mismo año en que la cocaína y la heroína se apoderaban de la noche madrileña. “Los Secretos” sonaban en todos los garitos de la ciudad. Parecía como si la gente empezara a dejar de creer en cosas. Podría haberse incendiado el mundo entero, pero entonces yo no estaría aquí contando toda esta mierda y entonces 1982 hubiera sido el último año de la historia. Y después de 1982 la vida continuó, al menos para la mayoría de la gente.

Estoy casi seguro de que era 1982. En cualquier caso era verano, hacía calor y Madrid era la capital del fútbol mundial. La eterna ciudad estaba infectada de ruidosos galanes italianos y de borrachos y rudos alemanes. Se vivía bien en España por aquel entonces. Se vivía bien en Madrid.

Sí, era 1982. El año en que me convertí en un hijo de puta.

No estaba atravesando una buena época. Isabel me había dejado por un marroquí y no conseguía encontrar trabajo. Tenía 33 años y pocas ganas de volver a casa con mi madre: viuda, gorda, ciega y sorda. Era tan inútil que recibía una pensión por ello. Viajar fuera era una opción, pero para ello necesitaba algo de pasta. La cuestión era cómo hacer dinero, al menos legalmente, sin meterme en líos. Roberto seguía pululando por el piso y de vez en cuando traía buenas noticias: mujeres, cocaína y algo de dinero. No eran malos tiempos. Pero sin trabajar el dinero se acababa rápido. Cualquier día el cielo se abriría y se llevaría nuestras cabezas. ¿A quién le importaba todo aquello? Teníamos drogas y coños frescos, el resto no me interesaba demasiado.

Recuerdo algo así, como una fotografía, un instante.

Roberto aulló algo desde el salón, con su voz ronca y perturbada, como si Dios hubiera hecho un guiño al diablo en el momento de crearle. Luego apareció por la cocina, portaba sólo unos calzoncillos desgarrados y descoloridos, y en su boca un cigarrillo Bisonte. Tenía un cuerpo delgado pero fibroso, con un torso atractivo y unas piernas cuidadas, casi sin pelo y con un aspecto fuerte, trabajadas. Desconocía si iba al gimnasio, pero debía realizar ejercicios físicos diariamente.

En ese momento Roberto empezó a tararear un estribillo nauseabundo. Posó el cigarrillo consumido sobre uno de los ceniceros de la cocina y me agarró con violencia por el cuello con las dos manos. Con los ojos rojos, las pupilas dilatadas y el labio inferior ajado, me gritaba al oído:

- ¡¡ DEEEEEEJAME, NO JUEGUES MÁS CONMIGOOOOO!!

Me libré de él moviéndome rápidamente hacia abajo y le empujé con fuerza, tirándolo al suelo. Una vez allí le pisé el vientre plano y firme y le escupí en la cara. Me bajé los pantalones y empecé a masturbarme a una distancia de unos ocho centímetros de su cara.

Roberto abrió la boca y me mordió el glande.

Roberto se reía mientras me miraba fijamente y de su labio inferior no paraba de brotar sangre y él reía y reía y reía frenéticamente mientras seguía tarareando aquella estúpida canción.

No recuerdo mucho más de aquella tarde. Es posible que fuéramos por Chamartín. Beberíamos mucho y nos cansaríamos de esnifar coca cortada. No me acuerdo muy bien, seguramente hicimos eso, sí. Pero hacía calor, mucho calor y era 1982, eso seguro. Paolo Rossi marcó 6 goles en aquel mundial. Yo necesitaba dinero, malvivía de aquí para allá con trabajos sucios y muchos gastos. Ojalá el suelo se resquebrajara y nos tragara a todos, ojalá. De todos modos, qué más daba, yo tenía tetas que comerme cada noche y droga para consumir. Sí, eso era lo importante ¿no?

Luego ya era por la mañana, creo. Roberto entró en mi habitación y yo estaba allí jodiendo sobre la cama con una marroquí bastante fea. Creo que era marroquí, no lo sé. El caso que el mundo hacía justicia. Isabel se había largado con un moro cualquiera y yo estaba allí metiendo mi polla por aquel culo sucio y desgarbado. Era venganza, justicia poética.

Roberto saco su miembro y lo empujó dentro de la boca de la niña aquella. A mi aquello no me gustó. Lo habíamos hecho muchas veces, incluso me había jodido a Roberto y él a mi, pero aquello era mi venganza, no podía entrometerse. Siempre igual, jodido Roberto. Fue su culpa, no la mía, fue su culpa joder, su culpa.

- -- Está bien, tome un pañuelo. Séquese las lágrimas. ¿Desea continuar?… Lo dejaremos para la próxima sesión. Ha sido usted muy valiente.

- Fue su culpa joder, fue su culpaaaaa. Hacía calor y era 1982. España estaba hundida, como ahora, como siempre y hacía calor, mucho calor. Yo sólo quería dinero y a Isabel, sí quería mucho a Isabel, joder fue su culpa… ¡¡LA DE ISABEEEL, HOSTIA!! ¡¡Y LA DE ROBERTO MIERDAAAA!! …

Fue su culpa, fue su culpa…

martes, 10 de mayo de 2011

En terapia

Spaski se incorporó sobresaltado. Un estallido ensordecedor inundó su habitación. De no saber que su vecino de arriba es gilipollas y tira las pesas contra el piso habría jurado que aquel estrépito era una bomba afgana.

Todas las tardes, a eso de las siete, el fornido habitante fronterizo lleva a cabo una sesión de musculación. Levanta pesas y mancuernas alrededor de una hora. En ocasiones, como la presente, deja caer el peso hacia el suelo y el sonido que produce perturba cualquier atisbo de paz. Aunque la paz no sea algo que conviva habitualmente con Spaski.

Antes del abrupto despertar, soñaba intensamente con su prima. Hacía años que no la veía, exactamente desde el decimonoveno cumpleaños de ésta, pero aparecía recurrentemente en sus fantasías oníricas. Era algo que tenía que solucionar con su psicoanalista cuanto antes. No tanto por el supuesto “trastorno neurótico infantil” que padecía (en palabras de la experta) sino por el desembolso económico acarreado tras cada sesión, que hacía tiritar su cuenta corriente.

Spaski miró el reloj y eran exactamente las 19.28. Se vistió rápidamente y apuró una lata de cerveza que posaba sobre su escritorio.
- Demasiado caliente.
Salió de casa con sesenta euros en el bolsillo, lo justo para pagar por los servicios mentales recibidos. Estar tocado de la cabeza y querer solucionarlo sale jodidamente caro.

Hasta consulta le separaban unos dos kilómetros. Demasiados para ir andando. Prefirió ir en autobús y mezclarse con la fauna barriobajera. Esta vez le acompañaron en su trayecto: un viejo sordo (a juzgar por el volumen de su transistor), una madre fea con su hija y el aparato corrector dental de ésta (que hacía agitar la bilis de Spaski cuando la niña sonreía), una señora de unos cien kilos que ocupaba dos asientos y un joven con gorra que intentaba, sin éxito, ocultar su rostro repleto de granos.

Llegó por fin a su parada y tras guiñar un ojo a la gorda, se apeó del autobús. Se dirigió con firmeza hacia la consulta, donde le esperaba, como cada lunes a las 20.15, Ana.

Ana tiene veintiocho años, es rubia, de ojos dorados (a Spaski le recuerdan al color de la cerveza, algo que le excita aún más), de largas y macizas piernas, y de esbelto cuerpo. Destaca, por encima de todo su físico, sus firmes y jugosos pechos, que se dejan entrever con sus camisas escotadas, tras la bata blanca. Una bata que cubre también sus cortas faldas y permite observar las piernas jóvenes y trabajadas de Ana, estilizadas aún más con sus tacones.

Spaski tenía una teoría acerca de las mujeres. Existen mujeres en las que te fijas y mujeres en las que no. Obviando al segundo grupo, no hay tantos atributos por los que centrar la atención sobre una bella fémina. Es más, para Spaski, solo existen dos: las piernas y las tetas. Y ambas son independientes y no suelen estar correlacionadas. Claro que cuando conoció a Ana su teoría se fue al traste. ¿Otro motivo más para abonar sesenta euros?

- ¡Hola Spaski! ¿Cómo te encuentras hoy?
- Excitado, como de costumbre, Ana.
- Túmbate, comenzaremos con la sesión. ¿Has vuelto a tener sueños recurrentes con tus familiares?
- Sí Ana, hoy mismo he soñado con mi prima.
- ¿Otra vez?
- Sí, ¿hay algo de malo en ello?
- Según, ¿qué tipo de sueño era?
- Pues, no sé. No sabía que existían tipos de sueños. Yo siempre sueño cosas muy parecidas, ya sabes: sexo, drogas y …
- ¿Rock & Roll?
- Oh no Ana, no me gusta el Rock & Roll, bueno, no lo suficiente como para que ocupe un lugar en mis sueños.
- ¿Crees que lo que aparece en tu subconsciente por las noches es lo que realmente te importa en esta vida?
- Nunca me lo había preguntado Ana, pero es posible. También tengo otro sueño que aparece muy a menudo, nada que ver con el sexo y las drogas. Aparezco en medio de una gran calle como pidiendo limosna. Sentado en el suelo, con un cartel que pone: “Adelante, se permite soñar” Y la gente pasa a mi lado, casi todos me ignoran. Alguno me mira, ojea el cartel y me vuelve a mirar. No saben que hacer.
- ¿Te hablan?
- Qué va, nadie me habla, Sólo me miran, algunos me lanzan monedas, pero yo no las quiero. La gente sigue andando.
- ¿Hacia donde crees que va esa gente, Spaski?
- Ni puta idea. Supongo que a lugares de mierda, para gente de mierda. Algunos irán a trabajar: ocho horas diarias a cuatro pavos la hora. Eso con suerte. Otros quieren llegar cuanto antes a sus casas, con sus muebles del Ikea y sus pantallas extraplanas para ver el fútbol. También los hay que andan despacio, como si no quisieran encontrarse con lo que les espera.
- ¿Y qué crees que significa todo esto Spaski?
- Pues no lo se, esperaba que me lo dijeras tú. Creo que por sesenta euros podrías al menos esgrimir una explicación a toda esta mierda, o, al menos, enseñarme una teta.
- Veo que no eres capaz de reprimir tus impulsos sexuales Spaski. Tienes demasiadas expresiones libidinosas para con tu exterior. Debemos trabajar sobre ese asunto. Pero lo dejaremos para la próxima sesión. Esta ya ha acabado.
- ¿Ya llevamos una hora? Está bien, toma tu dinero.

Spaski vuelvió a tomar el autobús con una ligera elevación de su miembro viril. Todos los hombres saben que es complicado andar disimulando una erección, pero esta vez el trabajo se le agilizó cuando se topó con otra gorda en su viaje de vuelta. ¿Por qué siempre hay rollizas mujeres en los autobuses urbanos?

Llegó a su casa y abrió de golpe dos latas de cerveza. Eran las 21.39. Una la vertió rápidamente sobre un alargado vaso. Mientras esperaba a que se asentara y que la espuma se tranquilizara, bebió a morro la otra.

Abrió un libro de Howard Phillips Lovecraft, enciendió su minicadena y contundentes bombos empezaron a tronar la habitación.

- ¡Qué te jodan cachas!

lunes, 28 de marzo de 2011

I have a dream

- ¡Joder Spassky! ¡Otro sueño!

- ¿Y tú quién eres?

- ¿No me reconoces? ¡Soy Jesús, el Mesías!

- ¡Ah coño! El hijo de Abraham

- ¡Calla blasfemo! No digas eso muy alto, no sabemos quien puede parar por tus sueños

- Son mis sueños, así que seguramente sólo vaguen por aquí seres indecentes. A propósito, ya que te tengo delante, me gustaría hacerte una pregunta, judío.

- Soy todo oídos Spasski.

- ¿Dónde se hallaba usted cuando sucedió la tragedia de Auchswitz?


[Irrumpe en el sueño un ser bajito y con bigote, gritando]


- ¡¡¡¡Auchswitz!!! La solución final. La eliminación de todo ser degenerado e indecente que ralentizaba y estorbaba la evolución natural del superhombre ario. Qué recuerdos, mi querido Spaski.

- Sí, me estremezco sólo de escucharle, Adolfo. ¿Qué cojones haces tú en mis paseos oníricos?

- ¡Vengo a traerte un ideal Spaski!


[Irrumpe ahora otro bigotudo y calvo señor, vestido con casaca militar y bebiendo vodka]


- ¡Ideales! ¡Siempre se necesita un ideal!

- Pero si esto es un sueño, Vladimir Ilich ¡Quién coño quiere ideales en un sueño!

- ¡Tú estás desorientado hasta cuando duermes Spasski! Por cierto, me gusta tu nombre, muy soviético.


[Habla Spaski dirigiéndose a los tres intrusos]


- Muy bien señores, pero yo no quiero sus ideales. En realidad ni los suyos ni ninguno. En los últimos tiempos la fe ciega en ideas o religiones ha llevado a la destrucción, a la violencia, al asesinato en masa, al exterminio étnico, a guerras tribales… ¿sigo? No es la falta de ideales lo que causa problemas, sino su sobreabundancia. Yo soy más feliz sin aspirar a nada.


[Surge de la nada un viejo con aspecto de vagabundo y que le quita de un manotazo la botella de vodka a Vladimir]


- Es lo más sensato que he oído en sueños. ¿Cómo te llamas joven?

- Me llamo Spaski, es un honor para mí que usted esté en mi sueño.

- Bueno estoy aquí porque he olido a vodka. ¿Spaski? Yo me hacía llamar Chinaski. Se parecen bastantes nuestros nombres.

- Pura coincidencia. ¿Qué hace usted en sueños?

- Lo mismo que en vida. Beber, follar y escribir, en ese orden además.

- Es una vida íntegra, desde luego.

- Tú mismo lo has dicho, todo es más fácil si no aspiras a nada.

martes, 1 de marzo de 2011

Vida de perros

Spasski apagó el televisor. Hubiera quedado bastante cool y underground (vaya dos jodidos términos) decir que lo apagó porque aquello era denigrante y rezumaba mierda por los cuatro costados. Pero había dos cosas que a Spasski le habían mantenido pegado a su viejo Thompson de 19 pulgadas:

1 – La presentadora estaba buenísima. Distaba bastante de otras pseudoperiodistas que aparecían en otros canales. Esta no poseía esa belleza artificial made in televisión. Parecía auténtica. Y sus ojos eran lascivos y excitantes. Demasiado excitantes para Spasky que ya había recurrido a la masturbación en un par de ocasiones.

2 – Por lo visto la mujer a la que estaban entrevistando estaba muy apenada porque se le había muerto su perro de no se qué enfermedad ocasionada –según ella – por unas antenas parabólicas. Exactamente la historia no era así, pero es que Spaski empezó a seguirla con más atención cuando el programa parecía haber empezado y tuvo que hacer dos pequeñas desconexiones mentales para las labores anteriormente citadas.

Dio una vuelta por su casa en busca de alguna cerveza y acto seguido volvió a encender la televisión y siguió visionando aquel espectáculo.

La mujer (a partir de ahora nos referiremos a ella como “la viuda canina”) no paraba de llorar y gimotear. No se la entendía una jodida palabra con tanto llanto y sofoco que profesaba. La presentadora (a partir de ahora “putita cachonda con estilo”) acribillaba a preguntas a la viuda canina. Spaski sentía curiosidad por el perro, del que por cierto, no había aparecido ninguna foto.

A Spaski no le gustaban demasiado los animales. Tenía un perro, pero no eran demasiado amigos. Ahora mismo, por ejemplo, ni siquiera sabía dónde estaba el can. A éste le gustaba salir a dar paseos sin avisar y tirarse a otras perras. Joder, Spaski quería reencarnarse en perro. Todo era mucho más fácil. Dormir, comer y follar. ¿Acaso se puede hacer algo más interesante en la vida? Los perros tienen mucha suerte, sin duda.

Hablando de perros, se acordó de su vecina, Lucía, que tenía un pastor alemán gigante. La verdad que Lucía era una tipa interesante. Tenía gafitas, esas gafitas que se han puesto ahora de moda, rollo ochenta, o cualquier otra década pasada y que todos los gilipollas se compran y se ponen (aunque no tengan por qué usar gafas) Spaski deseaba que se pusieran de moda los aparatos metálicos esos que se le ponen en la boca a los niños para corregir sus dientes o mejor aún, que se pongan de moda las muletas. La gente es gilipollas. Bueno Lucía, aparte de llevar gafas de últimas tendencias, y por ende ser gilipollas, también tenía unas buenas tetas y un buen culo. Estos atributos físicos la dotaban de un poder superior al que le proporcionaba su intelecto. Spaski desconocía si tenía novio. Alguna vez la había visto paseando con algún chico (el prototipo estándar de su acompañante masculino era: moreno, 1,85, grandes brazos y ropa “moderna” – vamos, otro gilipollas-) pero nunca se la veía más de dos veces con él mismo. Spaski infirió en Lucía una gran promiscuidad y seguramente un elevado gusto por el sexo. Ahí tenía mucho que ofrecer, pensó. Aunque era cierto que no cumplía algunos de los cánones exigidos a priori por Lucía. Veamos, Spaski era moreno y alto, bien. Pero, desde luego, no tenía grandes brazos, y no poseía ropa “moderna”. Esto último era un hándicap importante. No entraba en sus planes irse a comprar ropa de esa clase y apuntarse al gimnasio para aumentar su volumen muscular tampoco era una opción. Spaski prefirió explotar más sus cualidades. Se puso el pijama más ajustado que tenía y se metió un par de periódicos meticulosamente arrugados en la zona genital. Se miró al espejo. Aquello no estaba mal, pero todavía era mejorable. Se lavó la cara y se peinó. Ahora sí. Si no triunfaba así no lo haría nunca. Acabó la cerveza de un trago y salió al descansillo. Él vivía en el segundo y Lucía en el piso de arriba pero subir las escaleras era fatigable y podía llevarle a sudar, por lo que decidió llamar al ascensor y que éste trabajara por él. ¡Bendito Schindler!
- ¡ Estos alemanes siempre proporcionándonos grandes inventos!

Estaba delante de la puerta. Llamó al timbre. Cinco, cuatro, tres, dos, uno… Nada.
Volvió a llamar. Tres, dos , uno… Nada de nuevo
Un último intento. Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiingggggggggggg. Ahora sí, se abrió la puerta de golpe.
- Hola vecino, ¿qué sucede?
Madre mía. Era Lucía y estaba en albornoz. Debía estar metida en la ducha o algo parecido. El periódico se empezó a mover ligeramente. Por cierto no había preparado nada. ¿Qué le iba a contar ahora a esta guarra?
- Buenas Lucía, soy Spaski como ya sabrás, tu agradable y entrañable vecino de abajo. Siento si te he molestado o pillado en mal momento, pero necesitaba urgentemente de ayuda vecinal. Mira, me encuentro en una situación delicada. Estoy con 40 grados de fiebre y sufro vómitos y mareos frecuentemente. No dispongo de ningún tipo de medicamentos y no sé como poder ir al hospital, aunque tampoco me encuentro con ganas de desplazarme hasta allí. ¿Tú me podrías ayudar?
Para no tener nada preparado, no estaba mal la verdad.
- Eh bueno Spaski, ¿no habrás estado bebiendo demasiado últimamente?
Joder, putos vecinos, también Lucía sabía de su afición por la bebida. No veía que había de malo en beber todos los días algo de alcohol. La gente tiene en muy mala estima al alcohol.
- Ya sabes como es la gente Lucía… Tampoco bebo demasiado. Además me encuentro mal de verdad.
- Bueno pasa, miraré a ver si tengo algo para darte y te acerco al hospital ¿ok?
- Perfecto Lucía, eres una gran mujer. Que Dios te acoja en su seno

Spaski tomó asiento en la salita de estar. En un confortable sillón de pana marrón. La casa no estaba mal. Era decorada con gilipolleces varias. Eso sí no había un puto libro en toda la casa. Puta Lucía pensó, con esas tetas y ese culo. El papel del periódico se había deslizado ya casi del todo. En esas irrumpió un perro ladrando en la sala.
GUAU GUAU

- Ah, mira Spaski, pensé que venías por él. Es tu perro, no sé qué le pasa pero cada dos por tres se mete en mi habitación. Bueno se mete hasta mi cama mejor dicho y … bueno me da un poco de vergüenza decirlo, pero me empieza a lamer.
- ¿Mi perro? Joder y yo buscándolo todo el día… Es un perro muy travieso.
- Sí, bueno a mi no me molesta, me gustan los animales mucho, sobre todos los perros y más si estoy sola en mi cama. Me gusta que se metan conmigo y me laman.
- Tú lo que necesitas Lucía es un hombre que te abrace por las noches.
- Prefiero perros que me laman. Bueno que te estoy contando demasiadas cosas, aquí tienes tu medicina. Ahora toma mi bonobús y vete al hospital. ¿Me puede quedar con tu perro esta noche?

Malditos animales. Al menos estará bien acompañado pensó. Bajó a su piso y abrió otra lata de cerveza. En la tele ya no estaba la viuda canina llorando ni la putita cachonda. Ahora había una corrida de toros. Apagó la tele y abrió otra cerveza. Mientras la bebía en silencio de arriba provenían sonidos:

- ¡Síííííííííííííí!
- ¡GUA, GUAU!

domingo, 9 de enero de 2011

David y Goliat

David giró el pasillo y volvió a su cuarto. No sabía por qué salía de allí tan a menudo. Mierda, sí lo sabía. No le gustaba esa sensación de parecer un joven más de esa televisiva generación ni-ni. No le reconfortaba tener que pasar horas delante de su ordenador. Pero odiaba tener que salir de su habitáculo hogareño para encontrarse a sus padres regañando.

Aquello era insostenible. David tenía, tiene, 23 años, una carrera acabada y un trabajo precario. Ni siquiera llega al sueldo mínimo, considerado decente, para embarcarse en la aventura de la independencia. La independencia del hogar. Porque eso es lo que realmente quiere David, irse de casa. Pero la situación socioeconómica del país no invita a grandes proyectos a medio-corto plazo. Y la opción es dar la razón al sistema capitalista y entregarse en cuerpo, y quizá también en alma, a algún desalmado por un sueldo que permita volar de su cuarto.

Al menos allí lee. Leyó el otro día a Paul Auster y se sintió identificado con sus personajes solitarios y oscuros. Allí también estudia. Allí escribe y publica sus basuras literarias en blogs que nadie lee. Cojones, allí es donde sueña. Allí es donde vive.

En su cuarto no se siente ahogado por una sociedad que no reconoce como propia. En la intimidad de su habitación no se flagela el espíritu preguntándose qué hace un chico con su inteligencia y su talento, allí, en una habitación como aquella.

David está en su habitación, pero está mucho más lejos y vivo cuando está allí dentro. Aunque los gritos de fuera le recuerdan siempre la realidad.

David debes salir de ahí.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz año 2011 a tod@s!!

Spasski volvió a tener otro sueño. No fue un sueño húmedo, fue un sueño tranquilizador. Sonaba una dulce melodía de jazz y preciosas ninfas revoloteaban alrededor de su pulcro torso. Yacía desnudo sobre un manto de hojas amarronadas, otoñales. Tenía los ojos cerrados, la expresión arcaica, pero en ese estado hipnagógico sentía como le temblaban las rodillas. El corazón le latía despacio, tranquilo, al ritmo que marcaba el jazz. Era un escena plácida, complaciente, repleta de buenas vibraciones, casi podía tocarla con las manos. Su mente, su cuerpo, su ego, todo él flotaba y se sumía en un entero de placer y felicidad.
Y entonces algó quebrantó a las ninfas. Dejaron súbitamente de danzar y salieron despavoridas a otros sueños, a otros mundos más tranquilos. La música también cesó de repente. Spasski ahora sudaba y se mostraba ligeramente incorporado, todavía confuso por el excelso sueño hedónico.
Ante él apareció un hombre, con el pelo engominado, vestido con traje de Armani y una elegante corbata anudada con precisión al cuello, dejando entrever los picos de una blanca camisa. Impoluto, sujetando un maletín mal cerrado que apretaba el dinero guardado dentro.
- ¡¡Spasskiiiiiii, el 2011 será el apocalipsis!! La crisis vendrá pegando fuerte y acabará con todos nosotros... La CRISIS Spasski, la ¡¡¡¡CRISIIIIIIIIIIIIIS!!!!
Spasski, acongojado y enfurecido, con los ojos vidriosos, dolorido porque hubieran interrumpido su paraíso, se dispuso a gritar algo a aquel sucio personaje. Pero se paró. Movido por una fuerza divina se controló, pensó antes de hablar, y ya más tranquilo, como si hubiera pasado una eternidad, se acercó a él y le musitó al oído:
- ¿Crisis? Los artistas siempre estamos en crisis.
Y el hombre extraño se difuminó, empezó a desaparecer breve pero constantemente y justo en el momento en que se volvía invisible se divisó un pequeño rabo rojo, que también desapareció.
Volvieron las ninfas, más alegres, más contentas; y el jazz sonó más alto, más contento, más alegre. Spasski seguía tranquilo y feliz. Todo era maravilloso de nuevo.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Arte napolitano

Pietro Manzeroni estaba hasta los huevos de Nápoles. Odiaba sus calles y sus plazas, odiaba sus parques y sus monumentos, odiaba a los napolitanos; y a los que no eran napolitanos y vivían en la puta Nápoles, también los odiaba.

Como cada mañana, Pietro se subió a su viejo taxi y se dispuso a iniciar la ruta. Tenía a un cliente esperando en la Via San Mandatto, una pequeña calle colindante a Salvator Rosa.
A la altura del Restaurante Gorgorino el semáforo se puso en rojo. Pietro detuvo su taxi y observó la acción que transcurría dentro del local. Hacía años que pasaba por ahí. A decir verdad pasaba todos los días por ahí y siempre veía lo mismo. Veía a gente comer ajena a su alrededor, veía al mecenas Rossi hablando por teléfono, al artista Marco riéndose a carcajadas y a la abuela de ambos observándolos a todos, incluso al propio Pietro, que pasaba por ahí todos los días y siempre miraba.

El semáforo se puso en verde y nuestro taxista giró a la derecha en el primer cruce, cerca ya del destino. Giró en Santa Tarsia y tuvo que maniobrar con cuidado para no romper ningún espejo retrovisor en la estrecha Via Ventagleri. Volvió a virar su vehículo hacia San Mendetto y se introdujo de pleno en el barrio Sanitá.

En las entrañas de ese suburbio a Pietro le daba la impresión de que los muros escuchaban y de que la gente siempre está observando. Había poca gente paseando, a pesar del buen día que hacía, y las tabernas del deslucido arrabal estaban casi todas cerradas. En uno de los decadentes muros de Sanitá, Pietro detuvo su mirada. Su vista alcanzó un grafiti que rezaba así: PAOLO TIC TAC
Sin duda era un mensaje claro e inmediato. Una obra de arte minimalista pensaría algún cabrón. Y a su mente vino la imagen de Marco desternillándose.

Pietro sintió un escalofrío y prosiguió su itinerario. Llegó al fin a la Via San Mandatto y allí estaba su paciente viajero esperándole.

- ¡Buon giorno!
- ¡Ciao compañero! ¿Qué tal? Acérqueme a la plaza San Pasquale.
- Ok. Será un placer.

Pietro puso música clásica italiana. Era lo único que le gustaba en cuanto a música, y también era lo único italiano que realmente amaba, además le relajaba bastante. Escuchar aquello le reportaba placer y tranquilidad, se olvidaba por algún tiempo de Nápoles y sus gentes.

- Perdone amigo, ¿podría quitar la música? Es que tengo que leer unas cosas antes de llegar a mi destino y me molesta un poco.
- Emm... - Pietro vaciló - bueno, es mi música y este es mi taxi, siento si no le gusta la música o le distrae pero es imprescindible para mi tenerla puesta.
- Parece que no me entiende amigo – el hombre carraspeó un poco la voz y se tocó con elegancia el nudo de su corbata – Se lo voy a pedir por favor, quiero que apague esa mierda de música ahora mismo.

Pietro frenó ipso facto el taxi, acercó su mano hacia la guantera y sacó de ella un revólver antiguo. Apuntó a la cabeza al grosero pasajero que ocupaba el asiento de atrás y espetó:

- ¡Odio a las personas como usted! ¿Quién coño se cree?

Y acto seguido disparó dos balas a la cabeza de aquel personaje. ¡Pum, pum!
Aquello también fue conciso y directo. Una obra de arte. ¡Pum, pum!

Ahora a Pietro, Nápoles le parecía un sitio más limpio, aunque su taxi estuviera lleno de sangre.
¡Pum, pum!

lunes, 6 de diciembre de 2010

Insomnio postmoderno

Era inusitadamente pronto para que ya estuviera despierto. Últimamente dormía jodidamente mal. Había utilizado Trazodona y Rivotril, recomendados por mi psicoanalista, pero no habían surtido ningún efecto. También empleé técnicas propias (poco confesables) con las que había disfrutado; pero disfrutado despierto.

Al final la puta psicoanalista iba a tener razón y mis noches en vela eran proyecciones en mi psique de un pasado excesivamente hedónico.

Aún siendo las siete de la mañana, me serví una copa de ron, y me dispuse a eliminar, al menos momentáneamente, mis fantasmas espirituales. Decidí ir al museo contemporáneo. Visualizar todas aquellas mierdas de arte postmoderno me hacía sentir en calma. Siempre he pensado que el arte postmoderno fue creado por un esquizofrénico sin medicar y en una noche de insomnio.

Estaba delante de un gran cubo negro. En su interior yacía un hombre de mediana edad, vestido de militar. Mi psique trazaba historias fantásticas, cuando fue interrumpida bruscamente:

- Es una obra inquietante, hace reflexionar y dudar a la vez - la cuarentona me miró y señalando la obra continuó: es una gran obra del arte underground croata, una magnífica alegoría sobre la vida sobria y recta del individuo medio cosmopolita. Un devenir sin fluir, solo con ida, sin vuelta; haciendo lo correcto, como militares, como si estuviéramos metidos en una caja negra, sin poder ver el exterior.

- Cierto señorita, el hombre yace en medio de la nada; como tú, como yo, muertos en vida. ¿Un café?

domingo, 28 de noviembre de 2010

Lolitas in the neighborhood

Con este puto frío no me apetecía una mierda salir a la calle. Pero ya había ingerido más café irlandés del saludable para llevar dos horas despierto. Así que me dispuse valientemente a caer al espacio mundano que es mi barrio.
En cuanto atravesé el umbral místico que separaba mi adorable morada con el marciano arrabal, mi cuerpo entró en una metamorfosis de dimensiones falstaffianas.
Uno debe disfrazarse intelectualmente para proyectar una imagen acorde con su nuevo espacio vital. Debe incardinarse, en cuerpo y alma, al gentío kafkiano que le rodea.
Me crucé con un tipejo reseñable, una especie de Samuel L Jackson en Pulp Fiction pero a lo español

- ¡Qué pasa Spasski! ¿Cómo lo llevas? ¿A dónde vas?
- Ya ves, aquí estam…
- ¡Muy bien tío! Deberíamos vernos más a menudo, te dejo que tengo que trabajar
- Adi…
- ¡Hasta luego! ¡Hasta luego!

Jodido drogata, pienso y prosigo mi camino inescrutable, como Dios (manda) ¡Oh yeah!

Observo seguidamente a dos atractivas a la par que vulgares adolescentes dialogar salvajemente. En su espasmódico lenguaje hay alusivas y menciones a todo tipo de sustancias estupefacientes y de otra índole erótico-festiva. Hay algo mágico y a la vez macabro en ese momento de transmisión y trasvase dialéctico entre impúdicas púberes. A mi me excita y me repulsa a partes iguales.

Contemplo inquietante como se produce una disociación entre mi cuerpo y mi alma. Como el pene se eleva, atraído por fuerzas ajenas, y la psique se desmorona, atendiendo a un espectáculo dantesco.
Me impregno en ese auto-desdoblamiento, cual ser con patología esquizoide, y armándome de valor y coraje me acerco a una de las niñas.

- Perdona, ¿tienes un cigarro?

La agitanada niña me observa perpleja. Mi interrupción en su esfera trascendental le ha trastocado mentalmente. No sabe reaccionar, posiblemente su cerebro chabacano no está preparado para este tipo de acontecimientos. Supongo que contestó estandarizadamente:

- Sí, toma – y abriendo su pitillera de colores chillones y desafiantes para la pupila humana, me acercó, de modo suave y delicioso, un cigarrillo.
- ¿Fuego?

Sonrió y ardió el encendedor sobre la boquilla del Ducados. Cuando exhalé mi primera bocanada de humo me miraron eróticamente, se miraron y me volvieron a mirar:

- ¿Tú eres Spaski, no?
- Sí, soy yo. No sabía que tenía el privilegio de ser conocido por pueriles jovencitas.
- Déjate de mierdas, ¿tienes perico?
- Tengo, pero nada es gratis en esta vida.
- No podemos pagarte con dinero.
- El dinero me da asco, preciosas.

Dirigieron sus ojos hacia mí otra vez, de forma lasciva y una de ellas se me acercó, acariciándome el pantalón a la altura de la zona genital con su mano izquierda.

- Vamos a mi casa y allí os servís – logré pronunciar acertadamente

Mi psique, impulsada por un deseo irrefrenable de satisfacción sexual, había cogido las riendas. Desafiando años de pensamiento filosófico occidental, libertina y caprichosamente, cuerpo y alma se habían entendido, haciendo de mí un hombre íntegro. ¿Sería éste el superhombre del que hablaba Nietzsche? Cogito ergo sum. Jodido Descartes.
No pienso, luego disfruto. ¡Yeah!

viernes, 26 de noviembre de 2010

¡Navidad!

Introdujo su mano en la faltriquera derecha de sus desgastados jeans. Se hizo con la llave, no sin antes luchar torpemente con la telilla que imponen los putos fabricantes chinos dentro de los bolsillos de vaqueros destinados al público juvenil, y se dispuso a introducirla en la cerradura.
Volvía a casa tras otra dipsómana tarde que empezó con la visita a su terapeuta psicoanalítico. Freud se la traía floja pero se sentía fuertemente atraído (“sin posibilidad para controlar sus instintos sexuales”) por la que, se suponía, era su guía psíquica.
Aquella mujer desprendía sicalipsis por los cuatro costados.

Él solía entrar en la consulta, tras ingerir alguna que otra copa. Así abrazaba con mayor énfasis e interés las ideas proyectivas que pululaban por la sala.
Tras otra sesión desperdiciada, y económicamente dolorosa, tuvo una idea. Era un idea como las que solía tener él: estúpidas y desquiciantes, pero muy reconfortantes para su maltrecha psique. Esa noche debía ir al casino. Sí, debía gastarse el dinero en algo realmente interesante. Ahora que esa jodida representación de las ruletas, las cartas y los croupiers había hecho aparición en su mente no podía ignorarla. No podía traicionarse así mismo, ni a su psique. ¿Cómo lo entendería aquello su bella consejera?
No, ella misma le había dicho que no era bueno reprimir sus pulsiones.

Del período comprendido entre la primera apuesta en la ruleta hasta la última carta del blackjack, no recordaba gran cosa. Sabía que había estado bebiendo durante horas algún tipo de whisky (si era barato o no, lo sabría mañana al despertar) rodeado de jóvenes chinas, a las que por cierto se olvidó preguntarlas por la telilla de los bolsillos.
De allí recuerda vagamente el trayecto en taxi hasta Heaven, el puticlub más famoso de la ciudad. Tras un breve pero intenso acto sexual con una de las múltiples rumanas que proliferaban por el sucio garito, puso fin a su tarde-noche de aquel día.

Y en esas se encontraba, intentando abrir la puerta, cuando de repente, como una aparición divina, su psique vislumbró algo entre la maraña de ingredientes etílicos que la poseían.
Volvió a introducir la llave en su jodido bolsillo de chinos y salió corriendo hacia la calle. Corrió y corrió, en nombre de Freud y del psicoanálisis, en honor a la diosa Fortuna y al dios Baco, corrió por él y por su pene y siguió corriendo hasta que llegó a la puerta de la Iglesia.

Era domingo por la mañana y aquello estaba atestado de fieles.

- ¡Me cago en Dios! – gritó

lunes, 22 de noviembre de 2010

Mierda

Se levantó pútrido y casi defenestrado hacia el cuarto de baño. Sito éste otrora de grandes noches etílicas y juergas onanistas desquiciantes. Mirosé al espejo, observando primero su cada vez, más abultado abdomen y propinó un enorme alarido en forma de eructo.
Notó algo irrumpiendo con alevosía en su maltrecho cuerpo interior y acudió raudo al retrete amarillento, color éste producto del paso de los años y de la escasa higiene que profesaba.
Recordó con estupor que la cena de la noche anterior había sido exigua pero mexicanamente intensa. Y aquellos pensamientos afloraron a la par que su tracto intestinal se dilataba majestuosamente, provocando hedores de muy diversa índole.
Estiró el brazo hasta el canastillo repleto de revistas pornográficas, que alternaban con alguna que otra de temática automovilística y, tras una nimia reflexión, decidióse por la de estilo erótico.
Fue ojeando el documento minuciosamente, mientras notaba una leve erección que, al estar sentando en el retrete, hacía que su voluptuoso miembro chocara con la tapadera del mismo. Al llegar a la cuarta página, y tras haber realizado tres expulsiones anales, topose nuestro personaje con una eminencia belleza en aquella impúdica revista.
La observó detalladamente desde la cabeza a los pies. Mostraba una perfecta simetría corporal solo interrumpida en su gigantesco pecho, que irrumpía de un modo directo y devastador, tanto para la vista como para la irradiación sanguínea que llegaba hasta el pene.
Se quedó mirando fijamente la cara de aquella divinidad dionisiaca y su psique empezó a turbarse creando extrañas redes de paralelismos y parecidos con otros sujetos almacenados anteriormente en su etílica memoria, para su posterior recuperación, disección y placentera masturbación.
Esta en concreto debía ser prima de una muy famosa que aparecía con enorme pesadez día tras día en los informativos televisados.
Mientras continuaba con su ritual defecatorio, notosé nuestro personaje que la erección era ya incotrolable y de dimensiones grotescas. Decidió dejar caer su cuerpo hacia atrás, mientras permanecía sentado en aquel inodoro, y emergió entonces, liberándose de la presión que le sometía la letrina, su majestuoso miembro viril. Procedió entonces a realizar maniobras masturbatorias, dándose cuenta de lo difícil de dicha labor si se realiza en coordinación con la expulsión excremental.
Sin embargo los esfínteres relajados proseguían implacables su eliminación de residuos alimenticios y nuestro intrépido personaje agitaba con una deliciosa violencia su mano izquierda sobre su henchido falo.
Siguióse la escena durante dos minutos, momento en el cual, nuestro cercano personaje, visualizó en su perturbada psique a aquella política famosa en su propio retrete, apoyada sobre la pared, con la falda por los tobillos y un tanga rojo a la altura de las rodillas, con zapatos de tacón e invitando a ser penetrada por su orificio anal. Justo en ese preciso instante, su ano exhaló con inusitado ímpetu un voluptuoso engendro de desechos alimenticios. En aquella extraña coordinación, entre la apocalíptica salida de la mierda y su vigoréxica eyaculación había una conexión placentera. Una conexión más allá de los designios freudianos. Un puente entre la política y la sexualidad, entre lo reaccionario y lo salvaje, entre lo erótico y lo real.
- ¡ Mierda! – gritó

viernes, 29 de octubre de 2010

Reencuentro

Habían pasado tres años desde que nos licenciamos. Ella con un expediente envidiable por más de media facultad y yo con la nota mínima aceptable para iniciar prácticas. De aquellos años en la Universidad recuerdo muchas cosas, pero sólo unas pocas reseñables. La más sobresaliente sin duda, la fiesta de graduación. Estábamos todos los compañeros de carrera y otros que no lo eran. Había alcohol, música y mujeres y lo que es mejor, mujeres ebrias. Sí, aquella fue una gran noche.

Ahora la volvía a ver, tres años después. Me fijé primero en el coche: un BMW azul, dos puertas, coupé. Tardé en darme cuenta que era ella la que se apeaba del vehículo. Vestía bien, con una falda que le cubría las rodillas y una chaqueta elegante. Dudé si debía iniciar una conversación.

- ¡Eh! ¡Belén!

Se giró sorprendida e hizo una mueca de asombro.

- ¡Hombre Spaski! ¡Qué tal!
- He dudado, no sabía si eras tú.
- Sí, trabajo aquí – y señaló con su fino y alargado dedo, cubierto por un lujoso anillo, el banco que estaba en la esquina
- Qué bien ¿no? Debe ser un buen trabajo.
- No me quejo, cobras bien y sales pronto. ¿Qué más se puede pedir?

Se me ocurrían cien mil cosas mejores para estar ocupado que un sueldo suntuoso y una media jornada. Supongo que la gente normal se conforma con eso. Funcionar ocho horas a medio rendimiento para producir la cantidad mínima aceptable por sus superiores. Comer caliente y llegar no muy tarde a casa para poder enchufarse al magazine televisivo de turno. Cenar cómodamente en su sofás del Ikea y una vez por semana follar con quien se acuesta en su cama cada noche, que a su vez hace lo mismo día sí y día también. Esa es la vida del noventa y ocho por ciento de la población española. La llamada clase media, a caballo entre el proletariado y la burguesía. Con trabajos, horarios y sueldos mediocres, pero que ingieren el dogma del marketing hasta vomitarlo, olvidando quiénes son realmente.

- Es cierto, no se puede pedir nada más. Eres muy afortunada Belén.