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martes, 10 de mayo de 2011

En terapia

Spaski se incorporó sobresaltado. Un estallido ensordecedor inundó su habitación. De no saber que su vecino de arriba es gilipollas y tira las pesas contra el piso habría jurado que aquel estrépito era una bomba afgana.

Todas las tardes, a eso de las siete, el fornido habitante fronterizo lleva a cabo una sesión de musculación. Levanta pesas y mancuernas alrededor de una hora. En ocasiones, como la presente, deja caer el peso hacia el suelo y el sonido que produce perturba cualquier atisbo de paz. Aunque la paz no sea algo que conviva habitualmente con Spaski.

Antes del abrupto despertar, soñaba intensamente con su prima. Hacía años que no la veía, exactamente desde el decimonoveno cumpleaños de ésta, pero aparecía recurrentemente en sus fantasías oníricas. Era algo que tenía que solucionar con su psicoanalista cuanto antes. No tanto por el supuesto “trastorno neurótico infantil” que padecía (en palabras de la experta) sino por el desembolso económico acarreado tras cada sesión, que hacía tiritar su cuenta corriente.

Spaski miró el reloj y eran exactamente las 19.28. Se vistió rápidamente y apuró una lata de cerveza que posaba sobre su escritorio.
- Demasiado caliente.
Salió de casa con sesenta euros en el bolsillo, lo justo para pagar por los servicios mentales recibidos. Estar tocado de la cabeza y querer solucionarlo sale jodidamente caro.

Hasta consulta le separaban unos dos kilómetros. Demasiados para ir andando. Prefirió ir en autobús y mezclarse con la fauna barriobajera. Esta vez le acompañaron en su trayecto: un viejo sordo (a juzgar por el volumen de su transistor), una madre fea con su hija y el aparato corrector dental de ésta (que hacía agitar la bilis de Spaski cuando la niña sonreía), una señora de unos cien kilos que ocupaba dos asientos y un joven con gorra que intentaba, sin éxito, ocultar su rostro repleto de granos.

Llegó por fin a su parada y tras guiñar un ojo a la gorda, se apeó del autobús. Se dirigió con firmeza hacia la consulta, donde le esperaba, como cada lunes a las 20.15, Ana.

Ana tiene veintiocho años, es rubia, de ojos dorados (a Spaski le recuerdan al color de la cerveza, algo que le excita aún más), de largas y macizas piernas, y de esbelto cuerpo. Destaca, por encima de todo su físico, sus firmes y jugosos pechos, que se dejan entrever con sus camisas escotadas, tras la bata blanca. Una bata que cubre también sus cortas faldas y permite observar las piernas jóvenes y trabajadas de Ana, estilizadas aún más con sus tacones.

Spaski tenía una teoría acerca de las mujeres. Existen mujeres en las que te fijas y mujeres en las que no. Obviando al segundo grupo, no hay tantos atributos por los que centrar la atención sobre una bella fémina. Es más, para Spaski, solo existen dos: las piernas y las tetas. Y ambas son independientes y no suelen estar correlacionadas. Claro que cuando conoció a Ana su teoría se fue al traste. ¿Otro motivo más para abonar sesenta euros?

- ¡Hola Spaski! ¿Cómo te encuentras hoy?
- Excitado, como de costumbre, Ana.
- Túmbate, comenzaremos con la sesión. ¿Has vuelto a tener sueños recurrentes con tus familiares?
- Sí Ana, hoy mismo he soñado con mi prima.
- ¿Otra vez?
- Sí, ¿hay algo de malo en ello?
- Según, ¿qué tipo de sueño era?
- Pues, no sé. No sabía que existían tipos de sueños. Yo siempre sueño cosas muy parecidas, ya sabes: sexo, drogas y …
- ¿Rock & Roll?
- Oh no Ana, no me gusta el Rock & Roll, bueno, no lo suficiente como para que ocupe un lugar en mis sueños.
- ¿Crees que lo que aparece en tu subconsciente por las noches es lo que realmente te importa en esta vida?
- Nunca me lo había preguntado Ana, pero es posible. También tengo otro sueño que aparece muy a menudo, nada que ver con el sexo y las drogas. Aparezco en medio de una gran calle como pidiendo limosna. Sentado en el suelo, con un cartel que pone: “Adelante, se permite soñar” Y la gente pasa a mi lado, casi todos me ignoran. Alguno me mira, ojea el cartel y me vuelve a mirar. No saben que hacer.
- ¿Te hablan?
- Qué va, nadie me habla, Sólo me miran, algunos me lanzan monedas, pero yo no las quiero. La gente sigue andando.
- ¿Hacia donde crees que va esa gente, Spaski?
- Ni puta idea. Supongo que a lugares de mierda, para gente de mierda. Algunos irán a trabajar: ocho horas diarias a cuatro pavos la hora. Eso con suerte. Otros quieren llegar cuanto antes a sus casas, con sus muebles del Ikea y sus pantallas extraplanas para ver el fútbol. También los hay que andan despacio, como si no quisieran encontrarse con lo que les espera.
- ¿Y qué crees que significa todo esto Spaski?
- Pues no lo se, esperaba que me lo dijeras tú. Creo que por sesenta euros podrías al menos esgrimir una explicación a toda esta mierda, o, al menos, enseñarme una teta.
- Veo que no eres capaz de reprimir tus impulsos sexuales Spaski. Tienes demasiadas expresiones libidinosas para con tu exterior. Debemos trabajar sobre ese asunto. Pero lo dejaremos para la próxima sesión. Esta ya ha acabado.
- ¿Ya llevamos una hora? Está bien, toma tu dinero.

Spaski vuelvió a tomar el autobús con una ligera elevación de su miembro viril. Todos los hombres saben que es complicado andar disimulando una erección, pero esta vez el trabajo se le agilizó cuando se topó con otra gorda en su viaje de vuelta. ¿Por qué siempre hay rollizas mujeres en los autobuses urbanos?

Llegó a su casa y abrió de golpe dos latas de cerveza. Eran las 21.39. Una la vertió rápidamente sobre un alargado vaso. Mientras esperaba a que se asentara y que la espuma se tranquilizara, bebió a morro la otra.

Abrió un libro de Howard Phillips Lovecraft, enciendió su minicadena y contundentes bombos empezaron a tronar la habitación.

- ¡Qué te jodan cachas!

lunes, 28 de marzo de 2011

I have a dream

- ¡Joder Spassky! ¡Otro sueño!

- ¿Y tú quién eres?

- ¿No me reconoces? ¡Soy Jesús, el Mesías!

- ¡Ah coño! El hijo de Abraham

- ¡Calla blasfemo! No digas eso muy alto, no sabemos quien puede parar por tus sueños

- Son mis sueños, así que seguramente sólo vaguen por aquí seres indecentes. A propósito, ya que te tengo delante, me gustaría hacerte una pregunta, judío.

- Soy todo oídos Spasski.

- ¿Dónde se hallaba usted cuando sucedió la tragedia de Auchswitz?


[Irrumpe en el sueño un ser bajito y con bigote, gritando]


- ¡¡¡¡Auchswitz!!! La solución final. La eliminación de todo ser degenerado e indecente que ralentizaba y estorbaba la evolución natural del superhombre ario. Qué recuerdos, mi querido Spaski.

- Sí, me estremezco sólo de escucharle, Adolfo. ¿Qué cojones haces tú en mis paseos oníricos?

- ¡Vengo a traerte un ideal Spaski!


[Irrumpe ahora otro bigotudo y calvo señor, vestido con casaca militar y bebiendo vodka]


- ¡Ideales! ¡Siempre se necesita un ideal!

- Pero si esto es un sueño, Vladimir Ilich ¡Quién coño quiere ideales en un sueño!

- ¡Tú estás desorientado hasta cuando duermes Spasski! Por cierto, me gusta tu nombre, muy soviético.


[Habla Spaski dirigiéndose a los tres intrusos]


- Muy bien señores, pero yo no quiero sus ideales. En realidad ni los suyos ni ninguno. En los últimos tiempos la fe ciega en ideas o religiones ha llevado a la destrucción, a la violencia, al asesinato en masa, al exterminio étnico, a guerras tribales… ¿sigo? No es la falta de ideales lo que causa problemas, sino su sobreabundancia. Yo soy más feliz sin aspirar a nada.


[Surge de la nada un viejo con aspecto de vagabundo y que le quita de un manotazo la botella de vodka a Vladimir]


- Es lo más sensato que he oído en sueños. ¿Cómo te llamas joven?

- Me llamo Spaski, es un honor para mí que usted esté en mi sueño.

- Bueno estoy aquí porque he olido a vodka. ¿Spaski? Yo me hacía llamar Chinaski. Se parecen bastantes nuestros nombres.

- Pura coincidencia. ¿Qué hace usted en sueños?

- Lo mismo que en vida. Beber, follar y escribir, en ese orden además.

- Es una vida íntegra, desde luego.

- Tú mismo lo has dicho, todo es más fácil si no aspiras a nada.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz año 2011 a tod@s!!

Spasski volvió a tener otro sueño. No fue un sueño húmedo, fue un sueño tranquilizador. Sonaba una dulce melodía de jazz y preciosas ninfas revoloteaban alrededor de su pulcro torso. Yacía desnudo sobre un manto de hojas amarronadas, otoñales. Tenía los ojos cerrados, la expresión arcaica, pero en ese estado hipnagógico sentía como le temblaban las rodillas. El corazón le latía despacio, tranquilo, al ritmo que marcaba el jazz. Era un escena plácida, complaciente, repleta de buenas vibraciones, casi podía tocarla con las manos. Su mente, su cuerpo, su ego, todo él flotaba y se sumía en un entero de placer y felicidad.
Y entonces algó quebrantó a las ninfas. Dejaron súbitamente de danzar y salieron despavoridas a otros sueños, a otros mundos más tranquilos. La música también cesó de repente. Spasski ahora sudaba y se mostraba ligeramente incorporado, todavía confuso por el excelso sueño hedónico.
Ante él apareció un hombre, con el pelo engominado, vestido con traje de Armani y una elegante corbata anudada con precisión al cuello, dejando entrever los picos de una blanca camisa. Impoluto, sujetando un maletín mal cerrado que apretaba el dinero guardado dentro.
- ¡¡Spasskiiiiiii, el 2011 será el apocalipsis!! La crisis vendrá pegando fuerte y acabará con todos nosotros... La CRISIS Spasski, la ¡¡¡¡CRISIIIIIIIIIIIIIS!!!!
Spasski, acongojado y enfurecido, con los ojos vidriosos, dolorido porque hubieran interrumpido su paraíso, se dispuso a gritar algo a aquel sucio personaje. Pero se paró. Movido por una fuerza divina se controló, pensó antes de hablar, y ya más tranquilo, como si hubiera pasado una eternidad, se acercó a él y le musitó al oído:
- ¿Crisis? Los artistas siempre estamos en crisis.
Y el hombre extraño se difuminó, empezó a desaparecer breve pero constantemente y justo en el momento en que se volvía invisible se divisó un pequeño rabo rojo, que también desapareció.
Volvieron las ninfas, más alegres, más contentas; y el jazz sonó más alto, más contento, más alegre. Spasski seguía tranquilo y feliz. Todo era maravilloso de nuevo.