martes, 10 de abril de 2012

Antes te gustaba la lluvia

- Antes te gustaba la lluvia…

- ¿Antes?

Marcos no lo había pensado nunca. No al menos, en términos temporales. ¿Cuánto tiempo habría pasado? Para él no mucho, desde luego. Se asustó al percatarse de aquello. ¿En qué lo había gastado? En verlo pasar, posiblemente; su vida era insustancial y aburrida. En realidad, la vida de la mayoría de las personas son así. La gente nace, crece, se reproduce en función de su estatus socioecónomico y su atractivo físico, consume en relación a sus ingresos salariales y muere más o menos rodeado de gente según su nivel de simpatía en vida. Marcos no había tenido excesivas reproducciones, a decir verdad las suyas eran escasas y fugaces; su consumismo era mínimo y se articulaba en torno a los aspectos básicos del hombre moderno: comida, vestimenta y algo de cultura fast-food, seguramente su entierro sería rápido y poco concurrido. Su vida era un auténtico coñazo, en realidad muchas vidas occidentales son así, aunque la gente no repara en ello. Existen fluctuaciones en la variable consumismo, pero el leitmotiv vital no varía. Incluso las amistades pertrechadas en el transcurso existencial pueden verse como la defensa del ser humano a no permanecer en soledad. Vivir solo es aterrador para muchos hombres y mujeres europeos, pero aún lo es más la idea de morir solo. Por eso las religiones siguen cumpliendo perfectamente su función: crean imaginarias sociedades hermanadas que compartirán un mismo destino, y en ese sentimiento común se cruzan, se conocen, se apoyan… Por eso la gente no muere sola aunque haya existido aislada toda su vida. A decir verdad el ser humano no es gran cosa.

- Sí, antes te gustaba la lluvia. No sé, el olor a mojado, el Sol cuando salía después… O eso me decías

- Debía ser porque estaba enamorado

Y el uso de aquella palabra derrumbó el alma a Marcos. Debía seguir existiendo alguna realidad humana experimentable que describiera el empleo de ese término. Realmente se seguía usando en novelas enfocadas para el gran consumo y como hilo conductor de series televisivas para el público adolescente. Incluso el tiempo había pasado por ahí, modificando las perspectivas y ampliando los horizontes humanos. Ahora estaban de moda las series de factura estadounidense con argumentos fantásticos y en la literatura de masas se venía observando una ligera revitalización del género histórico. Ni rastro de Dostoveksy o Dickens, el realismo literario estaba hundido desde hacía décadas en los grandes nodos consumistas mundiales. Marcos no recordaba haber leído la palabra “enamorado” en sus novelas y sí le parecía que hablaran del amor. Cierto que sus autores preferidos fueron todos alcohólicos y acabaron con su vida. Sea como fuere, se seguía empleado esa palabra, aunque no tuviera una definición clara.

- No sé… pero antes te gustaba la lluvia

jueves, 22 de marzo de 2012

El año en que me convertí en un hijo de puta

- Si le digo la verdad no me acuerdo exactamente cuando ocurrió. Lo que sé con certeza es que era verano. Verano y por la tarde, sí. Madrid entera dormía la siesta y hacía calor. Yo estaba excitado, acariciándome el nabo, tumbado en el sofá mugriento, salpicado de fluidos asquerosos y malolientes y con infinidad de boquetes por donde se podían ver los muelles.

Era 1982, el año en que Italia ganó el mundial de fútbol. El mismo año en que la cocaína y la heroína se apoderaban de la noche madrileña. “Los Secretos” sonaban en todos los garitos de la ciudad. Parecía como si la gente empezara a dejar de creer en cosas. Podría haberse incendiado el mundo entero, pero entonces yo no estaría aquí contando toda esta mierda y entonces 1982 hubiera sido el último año de la historia. Y después de 1982 la vida continuó, al menos para la mayoría de la gente.

Estoy casi seguro de que era 1982. En cualquier caso era verano, hacía calor y Madrid era la capital del fútbol mundial. La eterna ciudad estaba infectada de ruidosos galanes italianos y de borrachos y rudos alemanes. Se vivía bien en España por aquel entonces. Se vivía bien en Madrid.

Sí, era 1982. El año en que me convertí en un hijo de puta.

No estaba atravesando una buena época. Isabel me había dejado por un marroquí y no conseguía encontrar trabajo. Tenía 33 años y pocas ganas de volver a casa con mi madre: viuda, gorda, ciega y sorda. Era tan inútil que recibía una pensión por ello. Viajar fuera era una opción, pero para ello necesitaba algo de pasta. La cuestión era cómo hacer dinero, al menos legalmente, sin meterme en líos. Roberto seguía pululando por el piso y de vez en cuando traía buenas noticias: mujeres, cocaína y algo de dinero. No eran malos tiempos. Pero sin trabajar el dinero se acababa rápido. Cualquier día el cielo se abriría y se llevaría nuestras cabezas. ¿A quién le importaba todo aquello? Teníamos drogas y coños frescos, el resto no me interesaba demasiado.

Recuerdo algo así, como una fotografía, un instante.

Roberto aulló algo desde el salón, con su voz ronca y perturbada, como si Dios hubiera hecho un guiño al diablo en el momento de crearle. Luego apareció por la cocina, portaba sólo unos calzoncillos desgarrados y descoloridos, y en su boca un cigarrillo Bisonte. Tenía un cuerpo delgado pero fibroso, con un torso atractivo y unas piernas cuidadas, casi sin pelo y con un aspecto fuerte, trabajadas. Desconocía si iba al gimnasio, pero debía realizar ejercicios físicos diariamente.

En ese momento Roberto empezó a tararear un estribillo nauseabundo. Posó el cigarrillo consumido sobre uno de los ceniceros de la cocina y me agarró con violencia por el cuello con las dos manos. Con los ojos rojos, las pupilas dilatadas y el labio inferior ajado, me gritaba al oído:

- ¡¡ DEEEEEEJAME, NO JUEGUES MÁS CONMIGOOOOO!!

Me libré de él moviéndome rápidamente hacia abajo y le empujé con fuerza, tirándolo al suelo. Una vez allí le pisé el vientre plano y firme y le escupí en la cara. Me bajé los pantalones y empecé a masturbarme a una distancia de unos ocho centímetros de su cara.

Roberto abrió la boca y me mordió el glande.

Roberto se reía mientras me miraba fijamente y de su labio inferior no paraba de brotar sangre y él reía y reía y reía frenéticamente mientras seguía tarareando aquella estúpida canción.

No recuerdo mucho más de aquella tarde. Es posible que fuéramos por Chamartín. Beberíamos mucho y nos cansaríamos de esnifar coca cortada. No me acuerdo muy bien, seguramente hicimos eso, sí. Pero hacía calor, mucho calor y era 1982, eso seguro. Paolo Rossi marcó 6 goles en aquel mundial. Yo necesitaba dinero, malvivía de aquí para allá con trabajos sucios y muchos gastos. Ojalá el suelo se resquebrajara y nos tragara a todos, ojalá. De todos modos, qué más daba, yo tenía tetas que comerme cada noche y droga para consumir. Sí, eso era lo importante ¿no?

Luego ya era por la mañana, creo. Roberto entró en mi habitación y yo estaba allí jodiendo sobre la cama con una marroquí bastante fea. Creo que era marroquí, no lo sé. El caso que el mundo hacía justicia. Isabel se había largado con un moro cualquiera y yo estaba allí metiendo mi polla por aquel culo sucio y desgarbado. Era venganza, justicia poética.

Roberto saco su miembro y lo empujó dentro de la boca de la niña aquella. A mi aquello no me gustó. Lo habíamos hecho muchas veces, incluso me había jodido a Roberto y él a mi, pero aquello era mi venganza, no podía entrometerse. Siempre igual, jodido Roberto. Fue su culpa, no la mía, fue su culpa joder, su culpa.

- -- Está bien, tome un pañuelo. Séquese las lágrimas. ¿Desea continuar?… Lo dejaremos para la próxima sesión. Ha sido usted muy valiente.

- Fue su culpa joder, fue su culpaaaaa. Hacía calor y era 1982. España estaba hundida, como ahora, como siempre y hacía calor, mucho calor. Yo sólo quería dinero y a Isabel, sí quería mucho a Isabel, joder fue su culpa… ¡¡LA DE ISABEEEL, HOSTIA!! ¡¡Y LA DE ROBERTO MIERDAAAA!! …

Fue su culpa, fue su culpa…

viernes, 2 de marzo de 2012

Algunos hombes sabios

ENSAYO POSTMODERNO SOBRE CÓMO SALVAR A ESPAÑA

Suárez nunca ha perdido la memoria, como dicen, como anunció su hijo en una fecha poco azarosa. Suárez nunca ha perdido la memoria porque nunca la tuvo. Y nunca la tuvo porque no la interpretó, no la modificó, no la moldeó. No intentó descifrarla, no intentó cubrirla o rociarla de ideología propia, no filosofó sobre ella o la observó desde una óptica hermenéutica. Suárez nunca ha perdido la memoria porque no tenía memoria, tenía – y tiene – historia. Suárez tuvo, tiene y tendrá historia, no memoria.

Porque la historia se conoce, se lee, se aprende, en ocasiones, incluso, se vive – Suárez no la vivió, Suárez la construyó, Suárez ES historia – la historia, en definitiva, se percibe y se aprehende. Eso hizo Suárez. Eso es y eso fue Suárez. Fue historia y fue un político. Un político puro, un político sin memoria, un político con historia, que construyó la historia e hizo política. Puntualizo: verdadera política. Porque existen muchos políticos pero no todos hacen política.

Hacer política es mirar al futuro, abrir nuevos horizontes, crear nuevas posibilidades, perseguirlas, alcanzarlas, o al menos, intentar alcanzarlas; pero no es anclarse en el pasado, revisarlo hasta la extenuación, revisionarlo hasta sus últimas consecuencias, atraparlo y transformarlo, darle un molde adecuado a los propios intereses, maquillarlo… La política es futuro, nunca pasado. El pasado es interesante conocerlo, pero no imprescindible. Yo diría que es interesante conocerlo si eres inteligente, si lo vas a saber interpretar, comprender y asimilar, pero sin ningún ánimo de revivirlo, de apoyarte en él como baluarte ideológico, como excusa política. Eso no es política, eso es usar la historia y convertirla en memoria. El pasado está ahí y sólo los inteligentes lo aprehenden.

Porque la memoria y la historia se parecen, se imbrican, se diluyen mutuamente, se contraponen y contaminan, viven unidas de la mano. Puntualizo: la historia es el dedo de la mano y la memoria es el anillo que lo cubre. Un anillo que lo dota de significado, de valor, de ornamento, lo ilumina y lo dignifica; en definitiva, lo blinda de sentido. Pero es que la historia no tiene sentido, la historia ocurre y ya está. Y la memoria es un intento, muy humano, mejor dicho, esencialmente humano, únicamente humano, fundamentalmente humano, que en ocasiones, descifra y malbordonea la historia. La memoria juega con la historia pero no son lo mismo.

Hay algunos que siguen confundiendo memoria e historia y es un error juzgar la memoria a través de la historia, o la historia a través de la memoria, o confundirlas, o equipararlas… Pero es un doble error juzgar al que ha juzgado la historia con la memoria. Eso es muy humano, y es sobre todo, muy español. Equivocarse sobre otra equivocación. La propia historia de España es una sucesión de equívocos y errores. España es un país donde todo el mundo interpreta la historia con la memoria, donde todos creen tener razón en el presente y sin embargo siempre se están buscando soluciones para el futuro. España es una nación con un pasado tumultuoso que se extiende hasta hoy, España es un país sin presente. Puntualizo: España es una nación con un presente anclado en el pasado, con una memoria actual que relee una y otra vez el pasado, con una política de pasado, no de futuro y eso sigue condicionando el debate actual y eso provoca la necesidad de mirar al futuro en busca de soluciones. Y cuando se buscan soluciones es que existen problemas. Para la derecha el antecedente de la actual democracia remite a la época de la Restauración y para la izquierda a la Segunda República. No hay una memoria histórica compartida, hay relecturas distintas de los mismos hechos. Hay historia y hay memoria, pero en España se superponen, se conjugan, se concentran en un debate eterno, infructuoso y desquiciante.

El pasado es interesante conocerlo, sobre todo y seguramente sólo por un motivo: para conocer con mayor exactitud quiénes somos, de dónde venimos y tal vez también, para aumentar nuestra umbral de respeto. Porque en cierto modo todos somos hijos de un pasado, de una historia, que despliega sus tentáculos hasta el infinito, que traspasa las fronteras temporales y que embadurna a todo el mundo, se quiera o no. Por eso es importante conocer el pasado, no interpretarlo a gusto de cada uno, porque la interpretación es siempre por definición: subjetiva, interesada y partidista. Uno no puede desligar la interpretación de uno mismo, como es casi imposible mirar la historia sin memoria. Sólo los inteligentes, los muy inteligentes son capaces de desligarse de la memoria para observar la historia y de transportarse a la historia llevando a cabo ejercicios amnésicos.

Suárez pudo haber sido cualquier cosa, fue cualquier cosa, se le tachó de casi todo, pero lo que no se ha dicho las veces suficientes sobre él, lo que se ha dejado pasar por alto demasiadas ocasiones, lo que no se señaló con precisión y determinación, tal vez por envidia, tal vez por olvido, tal vez porque es casi imposible desligar la historia de la memoria y la memoria de la historia, es que era inteligente. Suárez era inteligente. Puntualizo: Suárez era inteligentísimo. Fue el hombre de España durante más de una década, fue el hombre que todas las mujeres soñaban y que todos los hombres anhelaban. Un ser hecho a sí mismo: pasó hambre y penurias en sus primeros años, sufrió, mendigó y malvivió en infinidad de trabajos precarios, pero supo granjearse las amistades oportunas, supo estar en el sitio y momento adecuados, siempre tuvo una sonrisa halagadora y un abrazo pertinente, una palabra medida y un gesto cordial, una mirada amistosa y un detalle inesperado. Podría parecer interesado, fantoche, vanidoso, orgulloso o arribista; puede ser, pero la España de aquellos años, era orgullosa, vanidosa y fantoche, era una España inculta y medio analfabeta, una España que todavía luchaba (realmente no luchaba, porque en España pocas veces la gente ha luchado por algo) por quitarse las telarañas del franquismo. Era una España que podía ser cualquier cosa, menos inteligente. El futuro de España en aquel momento era oscuro y turbio, ponzoñoso, asqueroso hasta la extenuación, pero Suárez era inteligente y eso nos salvó. Suárez salvó a España. No fue el Rey, fue Suárez. Fue un político puro el que nos salvó, fue un hombre que miraba la historia sin tintes memorísticos, fue un ser tremendamente inteligente el héroe de la nación.

Porque el Rey jugó un dople papel o un triple papel o jugó a infinidad de papeles, porque el Rey era joven e inexperto y no sabía que tenía o que debía hacer. Pero tuvo una intuición mágica, poética, sublime, yo diría que tuvo una revelación. No colocó a Fraga o a Gregorio López Bravo o a Federico Silva al frente del gobierno. Nadie acertó en las quinielas porque el Rey colocó a Suárez. El Rey podía ser muchas cosas, podrá ser muchas, demasiadas, infinitas cosas (buenas o malas) pero no confundamos memoria con historia. El Rey jugó su carta: Suárez. Y esa carta fue ganadora. El Rey acertó y nunca hubiera acertado si no fuera inteligente. Supo rodearse de buenos consejeros, de gente lúcida y astuta que le aconsejó bien, pero fue él el que tomó la decisión de Suárez. Fue el Rey. Y acertó. El Rey dispuso y Suárez puso. El Rey hizo su trabajo, breve y corto sí, pero pudo haber fallado y su fallo hubiera acarreado desastrosas consecuencias, y no falló, acertó porque era inteligente. Y Suárez se convirtió en héroe.

Ese falangistilla de provincias, ese fantoche desgarbado, ese garasbís de provincias, ese hombre trepa, arrogante y vanidoso, que se había trabajado y ganado la amistad del Rey; puntualizo: cuando apostar por el Rey era apostar por nada. Ese fue el que nos salvó.

Suárez supo adelantarse a su tiempo, supo intuir con precisión que sería el Rey quién jugaría un papel decisivo en la historia de España y él quería estar allí. Miró hacia el futuro cuando toda España seguía ciega en el pasado. No interpretó la historia con la memoria, no confundió las luces reminiscentes del franquismo con la biografía de un hombre llamado Juan Carlos. Creyó en las personas, creyó en el Rey cuando no era Rey, era Príncipe, cuando nadie apostaba por él, por la monarquía como forma de gobierno en un futuro, supo mirar hacia adelante y esa mirada fue correspondida por el Príncipe cuando éste se convirtió en Rey, cuando Juan Carlos todavía no era Don y cuando Don Juan Carlos tampoco confundió la historia con la memoria, no interpretó la biografía de Suárez, la comprendió, la leyó, la intuyó, la compartió porque era su amigo, pero no la interpretó, no la confundió con la memoria, aquella que señalaba que Suárez era un falangistilla de provincias, ese fantoche desgarbado, ese garasbís de provincias, ese hombre trepa, arrogante y vanidoso, que se había trabajado y ganado la amistad del Rey. España empezó a salvarse cuando dos políticos puros e inteligentísimos miraron juntos hacia el futuro.

Suárez no ha enloquecido porque haya perdido la memoria, pues nunca la tuvo, tuvo historia (es y será historia) Suárez ha enloquecido porque sigue siendo político (él, un político puro, nunca lo dejará de ser) y sigue haciendo política, política de verdad. Oteando el horizonte, mirando hacia el futuro, sin volver la vista atrás, sólo en lo necesario y esencial y sin confundir memoria con historia. Lo que Suárez ve cuando mira al futuro no le gusta, ve las cosas oscuras y turbias, y vislumbra un caos de historia y memoria; como si el pasado volviera una y otra vez sobre nuestras cabezas. Suárez no ha enloquecido porque haya perdido la memoria, Suárez ha enloquecido porque sigue mirando al futuro y ese futuro es oscuro y turbio, ponzoñoso, asqueroso hasta la extenuación, y ya no existen hombres inteligentes capaces de salvar una nación.

Bibliografía:

- VVAA, "Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la filosofía política"

- Javier Cercas, "Anatomía de un instante"

- José García Abad, "Suárez, una tragedia griega"

- Abel Hernández, "Suárez y el Rey"

- Javier Tusell, "Manual de Historia de España s.XX"

jueves, 2 de febrero de 2012

Un cuento de amor

El 26 de Octubre de 1955 amaneció gélido, como venía siendo habitual desde que había entrado el otoño. Las temperaturas estaban siendo asombrosamente bajas durante la mitad de ese mes y, cinco días antes, en la madrugada del 21 de Octubre, había caído una viva nevada. Luisa no recordaba en sus cincuenta y nueve años de existencia haber visto caer copos blancos y gordos del cielo tan pronto. Las precipitaciones sólidas y pálida solían ser habituales en Soria, intensas y fuertes, pero bien entrado el invierno, nunca en el mes de Octubre.
Una fina pero compacta capa de escarcha cubría gran parte del pavimento de la ciudad. El sol no brillaba aún, y las nubes habían acampado allá arriba y no parecía que tuvieran intención de marcharse pronto. La niebla había acudido con firmeza, tal vez para ayudar a Luisa. La visión de aquel paisaje, uniformado y angelical, virgen, de una pureza casi mística, encandilaba a Luisa que avanzaba pasito a pasito, muy despacio, con sumo cuidado, midiendo cautelosamente sus pasos y sin quitar la mirada del deslizante suelo, para no resbalar en un despiste o en un mala pisada.
Enfundada en cuatro capas distintas (camiseta interior, blusa, jersey de lana y abrigo), ataviada con una bufanda gorda y regiamente oscura, con todos sus músculos entumecidos, se dirigía dubitativamente hacia la estación central. No era la primera vez que lo hacía, pero sí desde luego a estas horas tan tempranas del día. Aquello le proporcionaba una enorme ventaja: era difícil que pudiera ser vista por alguien, pero también le otorgaba mayor inquietud al asunto; en caso de ser descubierta, irremediablemente iba a levantar sospechas. ¿Qué hacía Luisa a esas horas, en un día tan frío, sola por la calle? Hizo un amago de dar la vuelta, al fin y al cabo aquello era una locura, pero armándose de valor, santiguándose tres veces y apresurando el paso, siguió su camino emprendido e intentó alejar de su mente aquellas perniciosas cavilaciones.

Llegó a la estación antes de lo que esperaba. Debía de haber calculado mal el tiempo y eso la puso aún más nerviosa. ¿Qué iba hacer ahora? Esperar, no quedaba otra. Luisa se mordía las uñas y miraba recelosamente en todas direcciones. Se acordó de aquella mañana, hacía cinco días, en la que, dolorida y con resaca, abrió su ventana para ver el blanco manto que cubría su pequeño jardín. Recordó la tarde lluviosa en la que tropezó con Juan, el carnicero, y alguien por fin le regaló una sonrisa. Vislumbró en sus pensamientos a su madre - aún podía oler su perfume - y cómo se había desvivido durante años para mantener a las dos a flote, rezó otra oración por su padre, y maldijo su suerte y su desdichado destino; se santiguó nuevamente tres veces. Habían sido muchas tardes de psiquiatra, muchas – demasiadas - noches de gritos ahogados y llantos silenciosos.

El primer tren de la mañana hizo su aparición en la estación central de Soria. Era todavía muy temprano (6.35 am) y ese primer ferrocarril, compuesto por el convoy principal donde estaba el conductor y cuatro vagones anexos más, no admitía pasajeros. Paraba allí, proveniente de la terminal matriz, simplemente para recoger a los trabajadores que debían adecentar aquellos vagones y dejarlo todo preparado y listo para iniciar la ruta diaria a las siete en punto de la mañana. Tras un intenso ruido, “deberían revisar los frenos” pensó Luisa, aquella vieja locomotora, grasienta y llena de mierda, estacionó en el andén. Del primer vagón de la oruga, se apeó el marido de Luisa.
Allí estaba Santiago, se le podía dilucidar entre la ya fina niebla que aún pululaba por la atmósfera soriana aquella mañana del 25 de Octubre de 1955. Vestía su mono de trabajo, azul oscuro moteado del negro alquitrán que rezumaba por todas las estaciones. Exhalaba el olor que le había acompañado durante más de treinta y dos años: whisky, cigarrillos y vaginas baratas. Luisa volvió a pensar en Juan, en aquella cena del 15 de Septiembre a la luz de las velas, cuando empezó todo. Con ojos acuosos evocó aquella escena como si la estuviera viviendo otra vez. Aquella noche le contó cosas que no había confesado ni a su psiquiatra. Se sintió mujer otra vez. La felicidad debería ser algo parecido a aquello.
Anduvo entre la niebla hasta que estuvo a escasos dos metros de Santiago. Entre las capas que cubrían a Luisa, casi momificada, y lo borracho que estaba su marido, éste ni la reconoció. Sacó un cuchillo de deshuesar y le asestó dos certeras puñaladas, una a la altura del corazón y otra algo más abajo, sobre la boca del estómago.
Arrojó la enorme arma homicida ensangrentada a las vías del tren. Todavía quedaban unos veinte minutos para que aquello se llenara de gente. Luisa salió de la estación, anduvo tranquila, pisando con precisión y determinación sobre el helado territorio, se santiguó tres veces y entró en el primer bar con el que se topó, dispuesta a disfrutar de un café con leche caliente.
En ese momento el sol empezó a brillar, el muy sinvergüenza.

sábado, 14 de enero de 2012

¿Yo o Spaski?

Spaski camina pesadamente con pensamientos espurios rondándole por la cabeza. Se cubre el rostro con una bufanda de lana Forzieri, un gorro Boulder Stetson y unas gafas de sol graduadas Ray–Ban Wayfarer. Son las ocho de la mañana y hoy al sol le cuesta brotar más que de costumbre entre las nubes. Se puede morder el frío. Lógico, estamos en invierno y es Enero ¿qué cojones esperas Spaski?
Saca el dinero preciso - 1,20 € - de su cartera de piel Mont-Blanc para comprar el billete de tren que le lleve a otro lugar. Cuelga de su hombro derecho un bolso masculino de Bottega Veneta prácticamente vacío de no ser por un libro (“Demián”, Hermann Hesse) y un bloc de notas (sin marca, 2 euros) pero lo usará para ocupar su asiento contiguo. Spaski sólo quiere que le dejen tranquilo. Mientras, se le acerca un indigente reclamando una dádiva.


[…cómo me gustaría ser Patrick Bateman en estos momentos. Es curioso como ciertos personajes se comen a sus autores, sobre todo después de Pirandello. Don Quijote, Hamlet, Frankestein, Emma Bovary… El cine también ha ayudado lo suyo – que se lo digan a Sherlock Holmes – Para mí es mejor “Suites Imperiales” que “American Psycho” pero el personaje manda. Deberíamos hacer más caso al arte. Yo últimamente pienso muchísimo en el arte. En el arte y en la muerte, no sé por qué. Pero creo que el arte puede darnos mejores respuestas que otras gnoseologías. Para los mendigos, Wodizcko ya ingenió una solución, el “Homeless Vehicle”. Un aparato creado para cubrir las necesidades básicas del vagabundo estándar: dormir, lavarse, almacenar desperdicios y desplazarse. Incluso salieron un par de ejemplares por las calles de Nueva York. Pero aquello no funcionó: el vehículo dotaba a los sin techo de una visibilidad hasta entonces inexistente. Propiciaba la comunicación entre las distintas clases sociales. Ese Wodiczko es un genio…]



Spaski ignora al pordiosero, cruza el torno giratorio de la estación y se sienta a esperar en un coqueto banco del andén mientras posa su afligida mirada sobre las vías. Mientras, en su psique, continúan las especulaciones.

[…“somos el tiempo que nos queda”, vaya estupidez de frase que se ha marcado Jorge Bucay hace un rato en Radio Nacional. Y una mierda somos el tiempo que nos queda. Somos sujetos históricos, con un pasado, un presente y un proyecto de futuro. Y, de momento, es imposible saber el tiempo que nos queda, con lo cual sería imposible conocernos. Además esa frase es de José Manuel Caballero Bonald, que por cierto, ha informado recientemente de que va a dejar de escribir poemas. Pues bien por él. No tendrá ya necesidad. El verdadero escritor lo hace por necesidad, no hay otra razón. Ahí radica la fuerza de los grandes escritores. Si no estás muerto. Hostias, la muerte otra vez. Últimamente pienso demasiado en la muerte y eso que los vivos somos incapaces de pensar realmente en la muerte. Por eso me encanta la obra de Damian Hirst…]



Llega el tren y Spaski sube. Le quedan por delante diez paradas, alrededor de veinte minutos, para llegar a su destino. Abre el libro que lleva consigo pero no consigue concentrar su atención en los párrafos. Su cabeza sigue hirviendo.


[…arte. Autores. Muerte. Roland Barthes anunció la muerte del autor en el arte, pero pocos le hicieron caso. Se cargó a Sarrasine - ¿o era Balzac el que hablaba? - de un plumazo. La escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. En la escritura van a parar nuestros sujetos, es el lenguaje y no el escritor el que habla en un texto. Por eso los escritores crean personajes literarios y, paradójicamente, son estos últimos los que acaban devorando a sus padres. Ambos, autor y personaje, se entremezclan, se funden, se imbrica en un solo ser…]

… Y uno ya no sabe [quién es quién…] ¿Autor o [personaje?…]


Quién escribe esto, [¿Spaski] o yo?

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Miscelánea 2011

Mi cabeza es un puto tsunami de cavilaciones inanes. Vuelan ideas y gilipolleces sin ningún orden. Ideas que me agitan y gilipolleces que me hacen preguntarme acerca de otras gilipolleces mayores. Mi cerebro es una gigantesca miscelánea de sinsentidos que se agitan enérgicamente en función de mi estado de ánimo. En resumidas cuentas, que soy un ser humano más. Y como tal me gusta el orden: las categorías, los calendarios, los relojes, la primavera, el verano y el otoño, el norte y el sur, oriente y occidente, mi madre y mi padre…

1 - Lo cierto es que ser humano no está tan mal. Tiene sus pros y sus contras, pero aun así parece mejor que ser por ejemplo, un pato. Un pato es un animal ridículo. Vive en estanques putrefactos y se alimenta de bichos muertos o, en el mejor de los casos, de pan caducado. Además un jodido pato puede morir a manos de un humano dominguero que haya salido de cacería. Eso es lo que marca la diferencia entre especies. Somos los que dominamos. Si estamos en la élite de la evolución no es por nuestro cerebro, sino porque somos capaces de cargarnos al resto de especies que cohabitan con nosotros.

2- Marx estaba equivocado. El leitmotiv de la historia no ha sido la lucha de clases, sino el puro conflicto. Entre quien sea. La historia de la humanidad ha sido, y seguirá siendo, un reguero de sangre, tripas y cerebros destrozados. Y en esos conflictos el enfrentamiento entre la clase dominante y los subyugados es de un porcentaje ínfimo. Una gran parte de matanzas sanguinolentas se han dado entre miembros de la clase dominante, ansiosos de poder y con ninguna gana de gestionar pacíficamente la competencia. Si algo bueno tiene el capitalismo es que modificó la metafísica occidental hasta tal punto que la competencia es algo innato ya en nosotros. Quizá por eso las guerras han disminuido y ahora se trasladan al ámbito económico.

3 - Ningún período de la postmodernidad había tenido tantas revueltas sociales por tantas partes del planeta a la vez: revueltas árabes, 15 – M, ocupación de Wall Street, hooligans londinenses saqueando la ciudad (a mi ésta última es la que más me gustó). Si bien cada uno de éstos movimientos han tenido orígenes y causas distintas, todos comparten algo en común: la tremenda insatisfacción existente entre la clase media-baja. Podría parecer pues que Marx no estuviera tan desencaminado si al fin y al cabo sigue existiendo un conflicto entre clases. Pero no es un conflicto armado. No he visto derramar sangre ni he visto verdaderos enfrentamientos. Sólo los jóvenes británicos que entraron cual corsarios en los centros comerciales de la gran ciudad inglesa a saquearlos, tuvieron algunos brotes de vehemencia. Pero aquello fue vandalismo y se equivocaron de objetivo. Aun así fue con mucho lo más efímero y tuvo bastante repercusión. Se pudo palpar el miedo de la clase dominante.

4 - Este 2011 hemos acudido al encumbramiento de otro ídolo postmoderno: Steve Jobs. Es un reflejo fiel de la época que vivimos. Nunca vi tanta elucubración hacia un personaje tan alejado de la política o el pensamiento. Estamos sustituyendo los grandes cajones ontológicos. La tecnología va ganando terreno, y más que lo hará, porque se retroalimenta y lo va engullendo todo. Encaja perfectamente con el neocapitalismo actual. El puzzle se va completando.

5 - El deporte también se está convirtiendo en una brújula de la inacción actual. Esto no es del todo aciago. El deporte siempre ha estado ahí y tiene esa magia de la identificación etérea del pobre con el ídolo triunfante. David haciéndose paso entre un mundo de Goliats. Pero hay ciertas fronteras que son delicadas traspasar. Barreras que suponen entrar en terrenos fanganosos no aptos para todas las mentes. Eso está ocurriendo con el deporte y con Steve Jobs. Las librerías están inundadas de biografías de éste último y de biografías de héroes de la primera categoría. Chicos que no superan la treintena con historias de su vida en papel, escritas por otras personas, para un gran público. Ejemplificando valores. Solidaridad, tranquilidad, amistad, armonía, parecen ser las claves del éxito. En esas mismas librerías donde se ha puesto de moda un binomio socrático con tintes paternalistas: optimismo-felicidad. Haciéndonos ver que ambos van unidos, entrelazados. Elementos sine qua non.

6 - Juro que he leído este año tres libros con esta temática y lo único que he conseguido ha sido deprimirme más. En uno de ellos el autor, Eduardo Punset, empezaba así: “hace poco más de un siglo, la esperanza de vida en Europa era de treinta años, como la de Sierra Leona en la actualidad: lo justo para aprender a sobrevivir, con suerte, y culminar el propósito evolutivo de reproducirse. No había futuro ni, por lo tanto, la posibilidad de plantearse un objetivo tan insospechado como el de ser felices. Era una cuestión que se aparcaba para después de la muerte y dependía de los dioses” Desde luego que no es una buena manera para empezar un libro. La esperanza de vida en Europa subió notablemente pasada la Edad Media y el tema de la felicidad ya se lo preguntaron los antiguos griegos hace más de veinte siglos. Determinar el estudio de la felicidad a tus años de vida, le resta importancia a la propia felicidad. Y a tu propia vida. El libro por supuesto confecciona un mundo idílico, donde todos podemos ser felices pensando en positivo y siendo optimistas, pero no hay rastro de las injusticias sociales ni de la tasa de paro actual en todo el occidente europeo. Tratar de hacer felices a la gente a través de la literatura es un propósito muy loable. Pero hacerlo sin nombrar al menos las causas de la desesperanza es directamente una tomadura de pelo. Es como si te invitaran a una fiesta en una lujosa mansión y una vez llegados te dicen que tienes que construir la mansión, comprar las bebidas y los hielos e invitar a la gente.


7 - ¿Dónde quedaron los pensadores de la humanidad? ¿A qué han sido relegados? Me fascinan las ideas de los grandes hombres. Sobre todo en la Edad Moderna. Hume que se cuestionó el conocimiento científico, Kierkegaard que tenía más bien poco de optimista, Sartre que convulsionó a media Europa en el 68. Adoro a estos tipos. Sacuden el mundo. Ahora que lo pienso, no sé cómo era físicamente Hume ni Kierkegaard, me cuesta imaginarme la cara de Sartre. Sin embargo, en las biografías de Steve Jobs la portada es su rostro. Es ÉL, inundando el libro de modo megalómano. Me recuerdan a los autorretratos que mandaban pintar los monarcas de antaño. Poder, magnificencia, control.


Mi cabeza es un puto tsunami de cavilaciones inanes. Vuelan ideas y gilipolleces sin ningún orden. Ideas que me agitan y gilipolleces que me hacen preguntarme acerca de otras gilipolleces mayores. Mi cerebro es una gigantesca miscelánea de sinsentidos que se agitan enérgicamente en función de mi estado de ánimo. En resumidas cuentas, que soy un ser humano más. Y como tal me gusta el orden: por eso acabo los textos igual que los empiezo.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Arriba las manos

Apuro el último trago de mi Franziskaner de camino al tren. Son odiosas las miradas que me lanzan algunos viandantes, que centran su atención en la cerveza más que en la marca - para mi gusto - y eso me consuela en cierto modo. Beber cerveza en un recipiente de cristal da empaque. No es comparable a las famosas “yonki-latas” que tienen un público más determinado. Aunque la Franziskaner tampoco se ha inventado para beberla por la calle a las cuatro de la tarde. Será cosa de la globalización y toda esa mierda. Si nadie preguntó al Che Guevara si le gustaría que hicieran camisetas con su jeta por qué no voy a poder beber yo lo que quiera y dónde quiera.

Tiro el recipiente, ya vacío, al primer cubo de basura que encuentro a mi paso y reflexiono sobre esto último. Es curioso cómo se distorsionan ciertos iconos (¿contra?)culturales. Me viene a la mente el movimiento hippie y por casi me caigo al suelo del mareo. Apropiación indebida. Debería constituir un delito legislado. Recuerdo también, con estupor, que Burroughs apareció en un anuncio de Nike. Ostia puta, debo cambiarme el perfil de Blogger.

Intento consolarme pensando que lo haría por la pasta. No puede haber otra explicación. El caso es que el capitalismo es un monstruo que lo engulle todo a su paso, aunque las consecuencias sean, en el mejor de los casos, kafkianas. De todos modos confiar en una cosmovisión ideopolítica que funciona a través de una mano invisible es, cuanto menos, arriesgado. Invisible son en cualquier caso las estafas de los que manejan esa mano, o esos brazos. Pero el liberalismo más moderno, el neoliberalismo (más cool), tiene una mano, una bofetada mejor dicho, bastante visible a final de mes. El ansia obrera por alcanzar la tan manida clase media se traduce en multitud de facturas que pagar. Luchar toda una vida por una ilusión emancipadora que, empiezo a dudar, exista de verdad. Y la moraleja yanki de oportunidades para todos no me la trago. Jóvenes que han montado un imperio desde un garaje en EEUU han sido cuatro y supongo que ellos también hubieran triunfado de cualquier modo. El éxito fueron ellos, no el sistema en el que trabajaron. Siempre han existido genios, como han existido esclavos. Por cierto, en 2012 alrededor de tres cuartas partes de la población serán esclavos. Ahora no están encadenados, ni son negros, ni responden a una domina o señor feudal. Ahora deben pagar una hipoteca en cuarenta años al banco.


Sin darme cuenta he llegado al tren. Busco asiento rápidamente y ojeo a mi alrededor. A mi lado hay un joven leyendo un diario gratuito. Miro con descaro la página abierta y resulta que un afamado Instituto de Nueva York ha elaborado la lista de los 10 libros más leídos del mundo. Me quedo estupefacto con los títulos y con el reportaje en sí. Que no aparezca el Corán o el famoso libro de citas de Mao-Tse Tung me hacen dudar. Parece que la mano invisible extiende sus dedos también al mundo cultural.

El tren se detiene en la primera estación.

La luz del sol golpea el cristal, atravesándolo e iluminando la parte más cercana al paisaje. El centro del vagón permanece casi en penumbra. Se oye música de unos auriculares. Un hombre irrumpe la escena, contando la historia de su vida mientras pide amablemente una limosna. Hace cuatro años su empresa cerró y le mandaron a la calle. Desde entonces malvive de la gratitud de otras personas. Levanto la mirada para observarle mejor.

Le falta una mano.