jueves, 16 de junio de 2011

Madrid no nos quiere

Antes de salir me aseguro que el viaje me proporcione buenos momentos. Como está mal visto drogarse en el transporte público a plena mañana y uno nunca puede estar seguro de coincidir con bellas mujeres, cojo un libro de Houellebecq que tenía olvidado. Últimamente he estado demasiado absorto en lecturas metafísicas, a saber: ensayos sobre microeconomía social, Michel Onfray poniendo a parir a Freud y el enésimo libro que trata de desatestiguar la existencia de Dios. No había nada malo en ninguno de ellos; es más, todos fueron interesantes y con pasajes realmente sobresalientes. Creo que estoy viviendo un buen momento como lector, ¿puede ser que mi criterio al fin haya madurado? El caso es que no quiero joder tan brillante currículum y Houellebecq es una apuesta segura.

Lo único que recuerdo de su adquisición es que costó diecisiete euros. Una cantidad decente. Sí, decente es un epíteto pusilánime; es como decir que te parece caro, pero al mismo tiempo temes que tachar a Houellebecq de caro sea desacreditarte.

Tener razón es algo que nunca me ha quitado el sueño, sobre todo porque llevo toda mi vida equivocándome. Esto unido a mi concepción pseudomarxista del mundo artístico hacen que reivindique el concepto de caro ligado al autor francés. Diecisiete euros, para mi, es una cantidad excesiva por adquirir un libro.

Lo primero que observo al subir al autobús es a una adolescente con una camiseta que reza I love Madrid. Mi inglés dista mucho de ser aceptable, pero me alcanza para traducir el enunciado. Lo primero que me llega a la mente es que hay que ser gilipollas para pagar por una camiseta en la que pone I love Madrid, prefiero comprar un libro a diecisiete euros donde al menos aparecen frases con más contenido. Lo segundo es que hay que ser gilipollas para amar a una ciudad. Se puede amar a una persona, por supuesto; a un escritor (esto es más discutible, sobre todo con esos precios), o incluso a un perro (conozco casos); pero ¿amar a una ciudad? ¿Y amar a una ciudad como Madrid? Joder, me cuesta creerlo. Lo tercero es que para llevar puesto eso, mejor no llevar nada; si la intención es provocar el efecto sería más certero.

Intento sentarme lo más alejado posible de la teenager enamorada. El autobús está a rebosar, así que mis opciones son reducidas: o I love Madrid o de pie. Vamos para allá.

La muchacha tiene un gusto horrible para vestir pero al menos huele bien, lo que se agradece una mañana de verano en una ciudad tan contaminada como Madrid. Saco mi libro y ojeo la contraportada. Por lo general las contraportadas de los libros son absurdas. Mayoritariamente están escritas por amigos del autor o engreídos críticos literarios cuyas punzantes frases son más acordes a un anuncio de productos adelgazantes que a una obra artística; exhiben una retórica mercantilista y paupérrima que busca un impacto en el inocente e inexperto lector. Uno puede suponer que una obra de Houllebecq se venda sola o, que al menos, no atraiga a consumidores azarosos de cultura; pero parece ser que la editorial de la presente edición no opina así. La única frase reseñable, por ser poco enjuiciosa y algo pura, es “imprescindible leerlo”. Creo que los escritores de contraportadas deberían donar su talento a las serigrafías de camisetas.

El manuscrito recoge una serie de cartas, entrevistas, artículos y reflexiones del autor francés acerca de temas tan variopintos como la arquitectura, el feminismo, la fiesta o la filosofía. Leo algunos capítulos, paso por alto otros, ojeo el índice y elijo a propósito uno. Me quedo con esta frase: “en nuestra sociedad contemporánea la adolescencia no es un estado pasajero, es un estado en que estamos condenados a vivir hasta el día de nuestra muerte”


Miro a la jovencita sentada a mi izquierda. Madrid no nos quiere.

viernes, 27 de mayo de 2011

Estafados

Me estiré como pude hacia la mesilla que tenía delante, donde descansaba el mando a distancia, y con un gran esfuerzo conseguí alcanzarlo con mi mano izquierda. Me acaba de despertar de la siesta y en esas circunstancias mi cuerpo era tremendamente pesado. Logré, casi milagrosamente, encender el televisor y tras un zapping lento pero intensivo, decidí quedarme en la cadena autonómica.

La cadena autonómica es de carácter público. Esto quiere decir que parte de los impuestos de los ciudadanos de esta, mi región, van destinados a la programación de dicha cadena televisiva. En el moderno sistema capitalista y según el economista Kart Polanyi esto recibe el nombre de redistribución. Como decía, una gran parte del dinero de nuestros impuestos se destinan a mantener el gobierno (sueldos, coches oficiales, trajes – sean de sastres valencianos o italianos - y demás utilidades imprescindibles para el buen ejercicio de la política), pero una parte de los mismos nos revierte en forma de educación, seguridad social, construcción de carreteras y ocio. En este último apartado entra la televisión, por supuesto. Ocio y entretenimiento para todos. En la Antigua Grecia tenían un concepto algo peculiar del ocio: arrojaban a los desechos de la sociedad al anfiteatro para que se mataran entre ellos, mientras la gente decente vitoreaba en las gradas. Tras más de veintiún siglos de historia tampoco es que hayamos evolucionado mucho: ahora lanzan la escoria al ruedo virtual (televisión) y los más nobles siguen aplaudiendo cómodos en casa. Eso sí al bochornoso espectáculo lo dotan de un nombre rimbombante y orwelliano: Gran Hermano.

Siguiendo con el denostado y vilipendiado capitalismo tengo que admitir que dentro de él (¿acaso se sitúa algo fuera de sus tentáculos?) hay lugar para el amor. Existen, de nuevo en términos polanyianos, los llamados intercambios recíprocos, que serían los intercambios que caracterizan las relaciones más amistosas o fraternales. Como cuando tus progenitores te pagan una existencia magna: vivencia, educación, vestimenta y alimentos. Como el “Papá Estado”. Eso sí, nuestra mentalidad de mercado (innata en el siglo XXI y en las venideras generaciones) hace aparición en forma de comentarios sobre el alto coste de criar hijos bastardos: “Te hemos dado todo lo que se puede comprar”

Atraído por la curiosidad del destino de mi dinero reposé mi mirada en el espectáculo que ofrecía la transmisión regional. No sin sorpresa, pude dilucidar que aquello que estaban emitiendo no eran bárbaras tertulias, ni corridas de toros, ni partidos de fútbol. Era ¡magia! (Sí, era magia; tanto que no estuvieran televisando toda esa mierda como que era lo que retransmitían)

El mago era un hombre adulto, de unos cuarenta años, alto, gordo y moreno. Iba enfundado en un traje negro, con chaleco y corbatas oscuras. Yo echaba de menos la típica chistera. No me imagino a un cocinero sin el delantal y la cofia, como no concibo a un mago sin chistera. Supongo que los tiempos cambian y los estereotipos se disuelven. El caso es que el gordo este hacía de todo: desaparecía y aparecía del plató como si nada, cortaba a bellas mujeres enclaustradas dentro de una caja por la mitad con una espada, se tiraba a un recipiente enorme y lleno de agua encadenado de pies y manos…

Observaba perplejo aquellas artimañas mágicas y alucinaba. No podía creer que aquello tuviera explicación razonable, plausible y creíble. Pero así lo anunciaban en el programa: “Después de la publicidad ofreceremos todos los secretos de nuestro mago”

Así que me levanté hasta la cocina, abrí la puerta de mi nevera y me serví una cerveza fría. La cerveza y la pornografía por Internet siempre son buenos aliados (que se lo pregunten a la generación ni-ni). Volví al salón y me senté de nuevo en la misma posición que ocupaba. El ser humano es un animal raro. Aunque viva en soledad o aunque no tenga que dar explicaciones a nadie de sus comportamientos, opta, una y otra vez por hacer lo mismo. Somos esclavos de la rutina. No podemos vivir sin ella, sin nuestra manías; las mismas que me obligan, inconscientemente, a sentarme una y otra vez en la misma posición del sofá, con lo largo, grande y jodidamente caro que me costó.

Pensé que la televisión autonómica debía generar unos interesantes ingresos (más que los míos seguro) porque seguían emitiendo anuncios de productos estúpidos. Pasados los quince minutos ya me había bebido la cerveza, pero la expectación, y sobre todo, la vagancia, me impidieron ir a por más que suavizara aquel encuentro con “el otro lado” de la magia. Tras otro par de anuncios de utensilios dispendiosos e inútiles reanudó el show. Allí estaba el especialista, ahora vestido de sport, chaquetilla de chándal y pantalones cortos, dispuestos a desenmarañarnos los encantos que se escondían tras sus trucos. Y efectivamente, así lo hizo. Uno por uno fue destripando sus actuaciones.

Primero la chica cortada por la mitad, un fake. Era una contorsionista que en el momento de entrar en la caja, se retorcía sobre sí misma en uno de los lados y cuando el mago introducía la espada por la mitad, ésta ya estaba a salvo.

Luego siguió con sus desapariciones, todo producto de la ingeniería televisiva. Al parecer es posible hacer creer al espectador que una persona está y no está presente al mismo tiempo. Vamos que el ser humano ha sido capaz de traspasar la frontera del espacio/tiempo.

Todo tenía explicación. Me sentí estafado. Me acordé de cuando era niño y pensaba que mi padre era capaz de hacer llover, de parar tormentas y sacar el Sol a pasear. Cuando creía en los Reyes Magos. Decía un nazi (perdonen que pierda el tiempo en buscar su nombre) algo así como que si repites una mentira muchas veces la gente se lo acaba creyendo. Pues yo juraría que vi a los Reyes ¿Magos? una noche del seis de Enero. A los tres, con sus camellos y sus regalos a cuestas, entrando en el salón de mi antigua casa.
Me acordé de mi madre, de sus paellas los domingos (seguramente precocinadas) y de cuando me enseñó a montar en bicicleta. “Corre, corre, que yo te sujeto” decía, siempre con una sonrisa en la cara. Pero me giré y no estaba allí. Es cierto que pude recorrer algunos metros sin su ayuda, pero me había mentido. No estaba detrás de mí. Y la ostia fue inevitable. Inevitable y dolorosa.

La vida son todo apariencias. Tipos bien vestidos que hacen trucos. Tipos de chaqueta y corbata que juegan con las ilusiones de la gente trabajadora. Gente trabajadora que lleva toda la vida atravesando un camino de decepciones y desencuentros. Y cuando pierdes la esperanza, cuando no puedes confiar en tus propios padres, aparecen otra vez esos mismos tipos de chaqueta y corbata, ahora en bermudas en su playa de aguas cristalinas, diciéndote que son los amos del universo porque conocen los trucos de la vida y que debes trabajar más y más para que ellos puedan seguir disfrutando de sus privilegios. Y aunque sepamos que eso que hacen no es magia, que son artimañas, argucias y manipulaciones televisivas, volvemos a contemplar el espectáculo embelesados, como si fuera mágico.


Me levanté del puto sillón de 985 euros y realicé el mismo itinerario que antes. Agarré otra cerveza y volví frente al televisor.

martes, 10 de mayo de 2011

En terapia

Spaski se incorporó sobresaltado. Un estallido ensordecedor inundó su habitación. De no saber que su vecino de arriba es gilipollas y tira las pesas contra el piso habría jurado que aquel estrépito era una bomba afgana.

Todas las tardes, a eso de las siete, el fornido habitante fronterizo lleva a cabo una sesión de musculación. Levanta pesas y mancuernas alrededor de una hora. En ocasiones, como la presente, deja caer el peso hacia el suelo y el sonido que produce perturba cualquier atisbo de paz. Aunque la paz no sea algo que conviva habitualmente con Spaski.

Antes del abrupto despertar, soñaba intensamente con su prima. Hacía años que no la veía, exactamente desde el decimonoveno cumpleaños de ésta, pero aparecía recurrentemente en sus fantasías oníricas. Era algo que tenía que solucionar con su psicoanalista cuanto antes. No tanto por el supuesto “trastorno neurótico infantil” que padecía (en palabras de la experta) sino por el desembolso económico acarreado tras cada sesión, que hacía tiritar su cuenta corriente.

Spaski miró el reloj y eran exactamente las 19.28. Se vistió rápidamente y apuró una lata de cerveza que posaba sobre su escritorio.
- Demasiado caliente.
Salió de casa con sesenta euros en el bolsillo, lo justo para pagar por los servicios mentales recibidos. Estar tocado de la cabeza y querer solucionarlo sale jodidamente caro.

Hasta consulta le separaban unos dos kilómetros. Demasiados para ir andando. Prefirió ir en autobús y mezclarse con la fauna barriobajera. Esta vez le acompañaron en su trayecto: un viejo sordo (a juzgar por el volumen de su transistor), una madre fea con su hija y el aparato corrector dental de ésta (que hacía agitar la bilis de Spaski cuando la niña sonreía), una señora de unos cien kilos que ocupaba dos asientos y un joven con gorra que intentaba, sin éxito, ocultar su rostro repleto de granos.

Llegó por fin a su parada y tras guiñar un ojo a la gorda, se apeó del autobús. Se dirigió con firmeza hacia la consulta, donde le esperaba, como cada lunes a las 20.15, Ana.

Ana tiene veintiocho años, es rubia, de ojos dorados (a Spaski le recuerdan al color de la cerveza, algo que le excita aún más), de largas y macizas piernas, y de esbelto cuerpo. Destaca, por encima de todo su físico, sus firmes y jugosos pechos, que se dejan entrever con sus camisas escotadas, tras la bata blanca. Una bata que cubre también sus cortas faldas y permite observar las piernas jóvenes y trabajadas de Ana, estilizadas aún más con sus tacones.

Spaski tenía una teoría acerca de las mujeres. Existen mujeres en las que te fijas y mujeres en las que no. Obviando al segundo grupo, no hay tantos atributos por los que centrar la atención sobre una bella fémina. Es más, para Spaski, solo existen dos: las piernas y las tetas. Y ambas son independientes y no suelen estar correlacionadas. Claro que cuando conoció a Ana su teoría se fue al traste. ¿Otro motivo más para abonar sesenta euros?

- ¡Hola Spaski! ¿Cómo te encuentras hoy?
- Excitado, como de costumbre, Ana.
- Túmbate, comenzaremos con la sesión. ¿Has vuelto a tener sueños recurrentes con tus familiares?
- Sí Ana, hoy mismo he soñado con mi prima.
- ¿Otra vez?
- Sí, ¿hay algo de malo en ello?
- Según, ¿qué tipo de sueño era?
- Pues, no sé. No sabía que existían tipos de sueños. Yo siempre sueño cosas muy parecidas, ya sabes: sexo, drogas y …
- ¿Rock & Roll?
- Oh no Ana, no me gusta el Rock & Roll, bueno, no lo suficiente como para que ocupe un lugar en mis sueños.
- ¿Crees que lo que aparece en tu subconsciente por las noches es lo que realmente te importa en esta vida?
- Nunca me lo había preguntado Ana, pero es posible. También tengo otro sueño que aparece muy a menudo, nada que ver con el sexo y las drogas. Aparezco en medio de una gran calle como pidiendo limosna. Sentado en el suelo, con un cartel que pone: “Adelante, se permite soñar” Y la gente pasa a mi lado, casi todos me ignoran. Alguno me mira, ojea el cartel y me vuelve a mirar. No saben que hacer.
- ¿Te hablan?
- Qué va, nadie me habla, Sólo me miran, algunos me lanzan monedas, pero yo no las quiero. La gente sigue andando.
- ¿Hacia donde crees que va esa gente, Spaski?
- Ni puta idea. Supongo que a lugares de mierda, para gente de mierda. Algunos irán a trabajar: ocho horas diarias a cuatro pavos la hora. Eso con suerte. Otros quieren llegar cuanto antes a sus casas, con sus muebles del Ikea y sus pantallas extraplanas para ver el fútbol. También los hay que andan despacio, como si no quisieran encontrarse con lo que les espera.
- ¿Y qué crees que significa todo esto Spaski?
- Pues no lo se, esperaba que me lo dijeras tú. Creo que por sesenta euros podrías al menos esgrimir una explicación a toda esta mierda, o, al menos, enseñarme una teta.
- Veo que no eres capaz de reprimir tus impulsos sexuales Spaski. Tienes demasiadas expresiones libidinosas para con tu exterior. Debemos trabajar sobre ese asunto. Pero lo dejaremos para la próxima sesión. Esta ya ha acabado.
- ¿Ya llevamos una hora? Está bien, toma tu dinero.

Spaski vuelvió a tomar el autobús con una ligera elevación de su miembro viril. Todos los hombres saben que es complicado andar disimulando una erección, pero esta vez el trabajo se le agilizó cuando se topó con otra gorda en su viaje de vuelta. ¿Por qué siempre hay rollizas mujeres en los autobuses urbanos?

Llegó a su casa y abrió de golpe dos latas de cerveza. Eran las 21.39. Una la vertió rápidamente sobre un alargado vaso. Mientras esperaba a que se asentara y que la espuma se tranquilizara, bebió a morro la otra.

Abrió un libro de Howard Phillips Lovecraft, enciendió su minicadena y contundentes bombos empezaron a tronar la habitación.

- ¡Qué te jodan cachas!

lunes, 2 de mayo de 2011

Soledad

Spaski blande su cuerpo de la cama. Está azorado y confuso. No durmió del todo bien anoche – vete a saber por qué - y ahora arrastra las secuelas del ambiguo insomnio.

Llega a la cocina y abre la puerta de la nevera. Ojea entre legañas su interior, percatándose del vacío que la ocupa. La cierra.

Se desplaza nuevamente hasta su habitación. Se postra sobre una cama a medio hacer. Cierra los ojos intentando conciliar algo de sueño. Ardua tarea para una mañana tan aciaga. Vomita encima de las sábanas. Huele a miedo y soledad.

Transita entre los rincones de su hogar para hacer languidecer sus huesos en la alcoba contigua. Enciende el televisor. Hay un mago haciendo desaparecer un conejo de su chistera. Es un hermoso espectáculo. Spaski lo contempla embelesado.

Así es la vida, sin saber por qué hacemos desaparecer conejos blancos de nuestras chisteras.

jueves, 14 de abril de 2011

En el andén

"Si hay algo que me fascina de la evolución humana es el ingenio que posee el homo para crear artilugios que nos transportan de un lugar a otro.
Si hay algo que repudio en la historia mundial es la capacidad que poseen las elites político-económicas para enmascarar la realidad"

Spaski


El tren ha sido uno de los inventos que parece ser más han ayudado al ser humano en su desarrollo económico. Según Wikipedia, lo creó un tal Stephenson en plena Revolución Industrial (nunca entiendo porque ciertos períodos históricos deben ir con mayúsculas). Creo que esta vez la Wiki no miente, porque recuerdo vagamente ese nombre y esa época de mis años colegiales. Stephenson bien podría ser un jugador de fútbol sueco, pero la revolución industrial (así mejor) la estudié sin duda.

Ojeando la Wiki extraigo algunas conclusiones:


1. El tren ha posibilitado el intercambio de productos por todo el mundo – una de las máximas del capitalismo- .

2. Ha hecho posible que estemos más interconectados que nunca antes en la historia y que podamos llegar en menos tiempo y con más comodidad a lugares lejanos.

3. Por tanto, el puto tren es el aliado perfecto del capitalismo. Engrana perfectamente con sus asunciones y planteamientos, es la herramienta exacta para el ideario de una economía global a nivel mundial.

Y es cierto los trenes puede que sean cojonudos, pero los andenes no.

Yo voy a hablar de los andenes. Primero porque me sale de los cojones, segundo porque quiero y tercero porque me da la gana. Además de estos tres impolutos argumentos, hablaré de los andenes porque creo que es el lugar donde se produce una perfecta simbiosis entre mis dos grandes pasiones históricas; citadas al principio de este pseudoetílicoensayo y que para el lector menos acostumbrado a lidiar con pensamientos de tanta calidad volveré a recordar: los inventos para acortar distancias y el discurso falso e interesado del lobby.

Los andenes son lugares trágicamente humanos. Simbolizan el tránsito efímero y fugaz que tenemos en este mundo. Son una metáfora sincera del intercambio capitalista, del ir y venir, del fluir constante que nos convierte en algo prescindible, sin alma. Los andenes son el reflejo fiel de la existencia del ser humano: solitarios, aburridos, esperando a no se sabe qué, para ir a no se sabe dónde, para hacer no sabe el qué.

En los andenes la gente está inmóvil, catatónica, a lo más, sentada en un incómodo banquito metálico (condenadamente frío en invierno, molestamente ardiente en verano) mirando al horizonte, oteando la delgada línea que separa el fin del mundo del inicio de los sueños; esperando que llegue el tren. Los allí presentes no se hablan, no se miran. Algunos leen. Otros escuchan música en minúsculos reproductores fabricados en países donde no existen los trenes ni los andenes. Pero todos, absolutamente todos, ignoran su alrededor, lo que sucede en su aureola vital; nadie quiere cruzar su alma desprovista de sueños con otra. Seguramente porque pensamos que el vacío no puede traer nada útil, nada aplicable, nada físico, nada que sume a nuestra leve existencia.

El andén es una suerte de camposanto moderno. Ahí residen los restos del individuo postmoderno. Es el cementerio del siglo XXI.

Los grandes genios modernos hablaron del tren, pero no de los andenes. Veamos:


- Kant bebió del primer pensamiento capitalista para proponer que los individuos debían tratarse como fines y nunca como medios y a eso lo llamó dignidad. Está claro que fracasó.

- Marx encontró en las contradicciones la raíz de la vida, subrayó con acierto que la propiedad privada provocaba la alienación del individuo pero también naufragó en su corolario final: la humanidad nunca alcanzará un estado de perfección.

- Freud trajo el inconsciente a un primer plano y, con frecuentes consumos de cocaína, señaló que vivimos reprimidos por nuestro propio entorno social. Mentira: existen locos, idealistas, niños, borrachos, delincuentes, violadores, políticos corruptos, gente que folla en público y hasta existe gente que cree en Dios y mata en su nombre (este último grupo abarca a seres despreciables que destrozaron la vida de muchas personas haciendo saltar por los aires trenes [desde luego la elección de este medio de transporte no fue azarosa] un 11 de Marzo en Madrid)

- Los fascismos, los socialismos extremos, los nacionalismos, los anarquismos, el feminismo y el masculinismo (¿existe esto?), los republicanismos, los budismos, y todos los –ismos que existen, existieron y existirán han provocado guías socioéticas para vivir a los individuos, que las abrazaban con sumo interés al principio de sus vidas pero, que según iban creciendo observaban – con creciente frustración y cabreo- como sus líderes se enriquecían a costa de esas ideas, lo que ha provocado que el individuo del siglo XXI deteste a la clase política.

- La economía es la gran ciencia del mundo actual. Pero nadie con interés por vivir una vida decente entiende los términos de inflación, regresión, tipos de interés, acreedor, beneficio con acción por dilución, flujos circulares de renta, hobling… La economía moderna es una secta creada por los ricos para seguir beneficiándose a costa de los pobres y encima poder decirles:

¡Os lo explicamos pero sois tan tontos que no lo entendéis!

¿Y qué hacemos todos mientras? Esperar en el andén, a que venga el tren.

lunes, 28 de marzo de 2011

I have a dream

- ¡Joder Spassky! ¡Otro sueño!

- ¿Y tú quién eres?

- ¿No me reconoces? ¡Soy Jesús, el Mesías!

- ¡Ah coño! El hijo de Abraham

- ¡Calla blasfemo! No digas eso muy alto, no sabemos quien puede parar por tus sueños

- Son mis sueños, así que seguramente sólo vaguen por aquí seres indecentes. A propósito, ya que te tengo delante, me gustaría hacerte una pregunta, judío.

- Soy todo oídos Spasski.

- ¿Dónde se hallaba usted cuando sucedió la tragedia de Auchswitz?


[Irrumpe en el sueño un ser bajito y con bigote, gritando]


- ¡¡¡¡Auchswitz!!! La solución final. La eliminación de todo ser degenerado e indecente que ralentizaba y estorbaba la evolución natural del superhombre ario. Qué recuerdos, mi querido Spaski.

- Sí, me estremezco sólo de escucharle, Adolfo. ¿Qué cojones haces tú en mis paseos oníricos?

- ¡Vengo a traerte un ideal Spaski!


[Irrumpe ahora otro bigotudo y calvo señor, vestido con casaca militar y bebiendo vodka]


- ¡Ideales! ¡Siempre se necesita un ideal!

- Pero si esto es un sueño, Vladimir Ilich ¡Quién coño quiere ideales en un sueño!

- ¡Tú estás desorientado hasta cuando duermes Spasski! Por cierto, me gusta tu nombre, muy soviético.


[Habla Spaski dirigiéndose a los tres intrusos]


- Muy bien señores, pero yo no quiero sus ideales. En realidad ni los suyos ni ninguno. En los últimos tiempos la fe ciega en ideas o religiones ha llevado a la destrucción, a la violencia, al asesinato en masa, al exterminio étnico, a guerras tribales… ¿sigo? No es la falta de ideales lo que causa problemas, sino su sobreabundancia. Yo soy más feliz sin aspirar a nada.


[Surge de la nada un viejo con aspecto de vagabundo y que le quita de un manotazo la botella de vodka a Vladimir]


- Es lo más sensato que he oído en sueños. ¿Cómo te llamas joven?

- Me llamo Spaski, es un honor para mí que usted esté en mi sueño.

- Bueno estoy aquí porque he olido a vodka. ¿Spaski? Yo me hacía llamar Chinaski. Se parecen bastantes nuestros nombres.

- Pura coincidencia. ¿Qué hace usted en sueños?

- Lo mismo que en vida. Beber, follar y escribir, en ese orden además.

- Es una vida íntegra, desde luego.

- Tú mismo lo has dicho, todo es más fácil si no aspiras a nada.

martes, 1 de marzo de 2011

Vida de perros

Spasski apagó el televisor. Hubiera quedado bastante cool y underground (vaya dos jodidos términos) decir que lo apagó porque aquello era denigrante y rezumaba mierda por los cuatro costados. Pero había dos cosas que a Spasski le habían mantenido pegado a su viejo Thompson de 19 pulgadas:

1 – La presentadora estaba buenísima. Distaba bastante de otras pseudoperiodistas que aparecían en otros canales. Esta no poseía esa belleza artificial made in televisión. Parecía auténtica. Y sus ojos eran lascivos y excitantes. Demasiado excitantes para Spasky que ya había recurrido a la masturbación en un par de ocasiones.

2 – Por lo visto la mujer a la que estaban entrevistando estaba muy apenada porque se le había muerto su perro de no se qué enfermedad ocasionada –según ella – por unas antenas parabólicas. Exactamente la historia no era así, pero es que Spaski empezó a seguirla con más atención cuando el programa parecía haber empezado y tuvo que hacer dos pequeñas desconexiones mentales para las labores anteriormente citadas.

Dio una vuelta por su casa en busca de alguna cerveza y acto seguido volvió a encender la televisión y siguió visionando aquel espectáculo.

La mujer (a partir de ahora nos referiremos a ella como “la viuda canina”) no paraba de llorar y gimotear. No se la entendía una jodida palabra con tanto llanto y sofoco que profesaba. La presentadora (a partir de ahora “putita cachonda con estilo”) acribillaba a preguntas a la viuda canina. Spaski sentía curiosidad por el perro, del que por cierto, no había aparecido ninguna foto.

A Spaski no le gustaban demasiado los animales. Tenía un perro, pero no eran demasiado amigos. Ahora mismo, por ejemplo, ni siquiera sabía dónde estaba el can. A éste le gustaba salir a dar paseos sin avisar y tirarse a otras perras. Joder, Spaski quería reencarnarse en perro. Todo era mucho más fácil. Dormir, comer y follar. ¿Acaso se puede hacer algo más interesante en la vida? Los perros tienen mucha suerte, sin duda.

Hablando de perros, se acordó de su vecina, Lucía, que tenía un pastor alemán gigante. La verdad que Lucía era una tipa interesante. Tenía gafitas, esas gafitas que se han puesto ahora de moda, rollo ochenta, o cualquier otra década pasada y que todos los gilipollas se compran y se ponen (aunque no tengan por qué usar gafas) Spaski deseaba que se pusieran de moda los aparatos metálicos esos que se le ponen en la boca a los niños para corregir sus dientes o mejor aún, que se pongan de moda las muletas. La gente es gilipollas. Bueno Lucía, aparte de llevar gafas de últimas tendencias, y por ende ser gilipollas, también tenía unas buenas tetas y un buen culo. Estos atributos físicos la dotaban de un poder superior al que le proporcionaba su intelecto. Spaski desconocía si tenía novio. Alguna vez la había visto paseando con algún chico (el prototipo estándar de su acompañante masculino era: moreno, 1,85, grandes brazos y ropa “moderna” – vamos, otro gilipollas-) pero nunca se la veía más de dos veces con él mismo. Spaski infirió en Lucía una gran promiscuidad y seguramente un elevado gusto por el sexo. Ahí tenía mucho que ofrecer, pensó. Aunque era cierto que no cumplía algunos de los cánones exigidos a priori por Lucía. Veamos, Spaski era moreno y alto, bien. Pero, desde luego, no tenía grandes brazos, y no poseía ropa “moderna”. Esto último era un hándicap importante. No entraba en sus planes irse a comprar ropa de esa clase y apuntarse al gimnasio para aumentar su volumen muscular tampoco era una opción. Spaski prefirió explotar más sus cualidades. Se puso el pijama más ajustado que tenía y se metió un par de periódicos meticulosamente arrugados en la zona genital. Se miró al espejo. Aquello no estaba mal, pero todavía era mejorable. Se lavó la cara y se peinó. Ahora sí. Si no triunfaba así no lo haría nunca. Acabó la cerveza de un trago y salió al descansillo. Él vivía en el segundo y Lucía en el piso de arriba pero subir las escaleras era fatigable y podía llevarle a sudar, por lo que decidió llamar al ascensor y que éste trabajara por él. ¡Bendito Schindler!
- ¡ Estos alemanes siempre proporcionándonos grandes inventos!

Estaba delante de la puerta. Llamó al timbre. Cinco, cuatro, tres, dos, uno… Nada.
Volvió a llamar. Tres, dos , uno… Nada de nuevo
Un último intento. Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiingggggggggggg. Ahora sí, se abrió la puerta de golpe.
- Hola vecino, ¿qué sucede?
Madre mía. Era Lucía y estaba en albornoz. Debía estar metida en la ducha o algo parecido. El periódico se empezó a mover ligeramente. Por cierto no había preparado nada. ¿Qué le iba a contar ahora a esta guarra?
- Buenas Lucía, soy Spaski como ya sabrás, tu agradable y entrañable vecino de abajo. Siento si te he molestado o pillado en mal momento, pero necesitaba urgentemente de ayuda vecinal. Mira, me encuentro en una situación delicada. Estoy con 40 grados de fiebre y sufro vómitos y mareos frecuentemente. No dispongo de ningún tipo de medicamentos y no sé como poder ir al hospital, aunque tampoco me encuentro con ganas de desplazarme hasta allí. ¿Tú me podrías ayudar?
Para no tener nada preparado, no estaba mal la verdad.
- Eh bueno Spaski, ¿no habrás estado bebiendo demasiado últimamente?
Joder, putos vecinos, también Lucía sabía de su afición por la bebida. No veía que había de malo en beber todos los días algo de alcohol. La gente tiene en muy mala estima al alcohol.
- Ya sabes como es la gente Lucía… Tampoco bebo demasiado. Además me encuentro mal de verdad.
- Bueno pasa, miraré a ver si tengo algo para darte y te acerco al hospital ¿ok?
- Perfecto Lucía, eres una gran mujer. Que Dios te acoja en su seno

Spaski tomó asiento en la salita de estar. En un confortable sillón de pana marrón. La casa no estaba mal. Era decorada con gilipolleces varias. Eso sí no había un puto libro en toda la casa. Puta Lucía pensó, con esas tetas y ese culo. El papel del periódico se había deslizado ya casi del todo. En esas irrumpió un perro ladrando en la sala.
GUAU GUAU

- Ah, mira Spaski, pensé que venías por él. Es tu perro, no sé qué le pasa pero cada dos por tres se mete en mi habitación. Bueno se mete hasta mi cama mejor dicho y … bueno me da un poco de vergüenza decirlo, pero me empieza a lamer.
- ¿Mi perro? Joder y yo buscándolo todo el día… Es un perro muy travieso.
- Sí, bueno a mi no me molesta, me gustan los animales mucho, sobre todos los perros y más si estoy sola en mi cama. Me gusta que se metan conmigo y me laman.
- Tú lo que necesitas Lucía es un hombre que te abrace por las noches.
- Prefiero perros que me laman. Bueno que te estoy contando demasiadas cosas, aquí tienes tu medicina. Ahora toma mi bonobús y vete al hospital. ¿Me puede quedar con tu perro esta noche?

Malditos animales. Al menos estará bien acompañado pensó. Bajó a su piso y abrió otra lata de cerveza. En la tele ya no estaba la viuda canina llorando ni la putita cachonda. Ahora había una corrida de toros. Apagó la tele y abrió otra cerveza. Mientras la bebía en silencio de arriba provenían sonidos:

- ¡Síííííííííííííí!
- ¡GUA, GUAU!