viernes, 29 de octubre de 2010

Reencuentro

Habían pasado tres años desde que nos licenciamos. Ella con un expediente envidiable por más de media facultad y yo con la nota mínima aceptable para iniciar prácticas. De aquellos años en la Universidad recuerdo muchas cosas, pero sólo unas pocas reseñables. La más sobresaliente sin duda, la fiesta de graduación. Estábamos todos los compañeros de carrera y otros que no lo eran. Había alcohol, música y mujeres y lo que es mejor, mujeres ebrias. Sí, aquella fue una gran noche.

Ahora la volvía a ver, tres años después. Me fijé primero en el coche: un BMW azul, dos puertas, coupé. Tardé en darme cuenta que era ella la que se apeaba del vehículo. Vestía bien, con una falda que le cubría las rodillas y una chaqueta elegante. Dudé si debía iniciar una conversación.

- ¡Eh! ¡Belén!

Se giró sorprendida e hizo una mueca de asombro.

- ¡Hombre Spaski! ¡Qué tal!
- He dudado, no sabía si eras tú.
- Sí, trabajo aquí – y señaló con su fino y alargado dedo, cubierto por un lujoso anillo, el banco que estaba en la esquina
- Qué bien ¿no? Debe ser un buen trabajo.
- No me quejo, cobras bien y sales pronto. ¿Qué más se puede pedir?

Se me ocurrían cien mil cosas mejores para estar ocupado que un sueldo suntuoso y una media jornada. Supongo que la gente normal se conforma con eso. Funcionar ocho horas a medio rendimiento para producir la cantidad mínima aceptable por sus superiores. Comer caliente y llegar no muy tarde a casa para poder enchufarse al magazine televisivo de turno. Cenar cómodamente en su sofás del Ikea y una vez por semana follar con quien se acuesta en su cama cada noche, que a su vez hace lo mismo día sí y día también. Esa es la vida del noventa y ocho por ciento de la población española. La llamada clase media, a caballo entre el proletariado y la burguesía. Con trabajos, horarios y sueldos mediocres, pero que ingieren el dogma del marketing hasta vomitarlo, olvidando quiénes son realmente.

- Es cierto, no se puede pedir nada más. Eres muy afortunada Belén.

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