lunes, 13 de diciembre de 2010

Arte napolitano

Pietro Manzeroni estaba hasta los huevos de Nápoles. Odiaba sus calles y sus plazas, odiaba sus parques y sus monumentos, odiaba a los napolitanos; y a los que no eran napolitanos y vivían en la puta Nápoles, también los odiaba.

Como cada mañana, Pietro se subió a su viejo taxi y se dispuso a iniciar la ruta. Tenía a un cliente esperando en la Via San Mandatto, una pequeña calle colindante a Salvator Rosa.
A la altura del Restaurante Gorgorino el semáforo se puso en rojo. Pietro detuvo su taxi y observó la acción que transcurría dentro del local. Hacía años que pasaba por ahí. A decir verdad pasaba todos los días por ahí y siempre veía lo mismo. Veía a gente comer ajena a su alrededor, veía al mecenas Rossi hablando por teléfono, al artista Marco riéndose a carcajadas y a la abuela de ambos observándolos a todos, incluso al propio Pietro, que pasaba por ahí todos los días y siempre miraba.

El semáforo se puso en verde y nuestro taxista giró a la derecha en el primer cruce, cerca ya del destino. Giró en Santa Tarsia y tuvo que maniobrar con cuidado para no romper ningún espejo retrovisor en la estrecha Via Ventagleri. Volvió a virar su vehículo hacia San Mendetto y se introdujo de pleno en el barrio Sanitá.

En las entrañas de ese suburbio a Pietro le daba la impresión de que los muros escuchaban y de que la gente siempre está observando. Había poca gente paseando, a pesar del buen día que hacía, y las tabernas del deslucido arrabal estaban casi todas cerradas. En uno de los decadentes muros de Sanitá, Pietro detuvo su mirada. Su vista alcanzó un grafiti que rezaba así: PAOLO TIC TAC
Sin duda era un mensaje claro e inmediato. Una obra de arte minimalista pensaría algún cabrón. Y a su mente vino la imagen de Marco desternillándose.

Pietro sintió un escalofrío y prosiguió su itinerario. Llegó al fin a la Via San Mandatto y allí estaba su paciente viajero esperándole.

- ¡Buon giorno!
- ¡Ciao compañero! ¿Qué tal? Acérqueme a la plaza San Pasquale.
- Ok. Será un placer.

Pietro puso música clásica italiana. Era lo único que le gustaba en cuanto a música, y también era lo único italiano que realmente amaba, además le relajaba bastante. Escuchar aquello le reportaba placer y tranquilidad, se olvidaba por algún tiempo de Nápoles y sus gentes.

- Perdone amigo, ¿podría quitar la música? Es que tengo que leer unas cosas antes de llegar a mi destino y me molesta un poco.
- Emm... - Pietro vaciló - bueno, es mi música y este es mi taxi, siento si no le gusta la música o le distrae pero es imprescindible para mi tenerla puesta.
- Parece que no me entiende amigo – el hombre carraspeó un poco la voz y se tocó con elegancia el nudo de su corbata – Se lo voy a pedir por favor, quiero que apague esa mierda de música ahora mismo.

Pietro frenó ipso facto el taxi, acercó su mano hacia la guantera y sacó de ella un revólver antiguo. Apuntó a la cabeza al grosero pasajero que ocupaba el asiento de atrás y espetó:

- ¡Odio a las personas como usted! ¿Quién coño se cree?

Y acto seguido disparó dos balas a la cabeza de aquel personaje. ¡Pum, pum!
Aquello también fue conciso y directo. Una obra de arte. ¡Pum, pum!

Ahora a Pietro, Nápoles le parecía un sitio más limpio, aunque su taxi estuviera lleno de sangre.
¡Pum, pum!

4 comentarios:

  1. ¡Y después dicen que la música amansa las fieras!

    Salu2

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  2. Napoles mola, y nunca es tarde para volver.

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