jueves, 7 de junio de 2012

Cuentos desde Rusia


Víctor Ivlanovich no era lo que se dice una persona corriente, de esas que tienen familia, algunos amigos y pasean o van al cine los domingos. Víctor no era así. Él más bien era esquivo a cualquier contacto social. Rehuía con vehemencia los escasos amagos de conversación que se le presentaban y mantenía una actitud impertérrita, casi enfermiza, de soledad algo esquizoide. Los pocos individuos que le conocían guardaban ante él un semblante respetuoso, un gesto arcaico y estupefacto. La misma expresión que se tiene ante algo extraño, desconocido e inquietante. Más que respeto, lo que Víctor Ivlanovich infundaba era miedo.  Se podría decir que, más que miedo, era pavor. Él no respondía ante aquellas miradas huidizas y soslayas porque el rostro de Víctor era el de un ser carcomido. Sus ojos se perdían en el infinito, sin posarlos sobre nada o nadie en concreto; simplemente miraban hacia el vacío eterno y allí se quedaban. Su pelo rizado, estaba grasiento y poblado de caspa. Su mentón prominente resaltaba aún más las facciones de su rostro, acentuaba sus pómulos hundidos, como dos enormes cráteres. La cara de Víctor Ivlanovich parecía una calavera. Se podría decir que era una calavera. Era el rostro de la muerte.
A Víctor no le gustaba nada de su alrededor. En el trabajo, sólo unos pocos tenían conciencia de su existencia y, por supuesto, nadie era su amigo; ni siquiera se consideraban compañeros suyos. Su excéntrica manía solitaria le había llevado a perder toda comunicación con su familia y hacía años que no sabía de ellos. Sólo de un tío suyo, que al parecer se “enriqueció sabiendo adaptarse a los nuevos tiempos”, así lo leyó en una entrevista a doble página con foto incluida en el “Rossiyskaya Gazetta” haría ya un par de años.
Tampoco se gustaba él mismo. Su estado físico era deplorable, ruinoso, totalmente descuidado; emanaba un constante hedor putrefacto. Una noche, en un arrebato alcohólico, había quitado todos los espejos de su rancio apartamento, situado en la cuarta planta de un viejo edificio de pisos, porque odiaba verse reflejado en ellos y se había hecho así mismo la férrea promesa de no volver a mirarse en uno nunca más. Promesa por lo demás, fácil de cumplir en una ciudad como Moscú donde todo es gris y la atmosfera está atravesada por un aire plomizo que asfixia todos los sueños. A pesar de que venía eyaculando una media de dos o tres veces al día, no mantenía relaciones  sexuales con mujeres desde hacía, exactamente, cuatro años y diez meses, como quedaba religiosamente reflejado en su cuaderno de notas.
El cuaderno de notas era lo más preciado que Víctor poseía. Era un santuario sagrado para él, un tótem místico, donde registraba todas las noches a las once en punto todo lo que le había sucedido por el día. Generalmente bastaba con un par de párrafos donde se indicaba la hora de entrada a la fábrica, la hora de salida y qué tipo de almuerzo había ingerido. Había, pocas veces, alguna anotación al margen, alguna salida fuera de lo normal, del tipo “hoy casi me veo reflejado en un cristal” o “los compañeros cuchichean cuando paso a su lado” que aumentaban las líneas de su preciso diario.
La noche del 18 de Mayo, a las once en punto, como venía haciendo todos los días desde hacía ya mucho tiempo, Víctor se disponía a escribir lo sucedido durante las horas previas. No había sido un día extraordinario, a decir verdad ninguno lo era en su vida. Cuando apuntaba “plato de jamón con guisantes” empezó a oír voces. Fue a buscar el origen de las mismas, no sin antes armarse con una sucia y maloliente escoba. Tras dar una vuelta por las habitaciones contiguas a la salita diose cuenta de que aquellas voces no provenían de nadie, pero era muy raro, porque las seguía oyendo. Se quedó quieto y cerró con fuerza los ojos, agudizando al máximo la escucha. Las voces seguían allí, eran familiares, le decían algo indescifrable.
Totalmente aturdido y algo exhausto, se dirigió hacia su habitación y una vez allí abrió la pequeña ventana. Un halo helado se apoderó del recinto, el espíritu de Moscú invadió la habitación, convirtiéndola, más si cabe, en un sitio degradante y agónico.   
Asomó la cabeza por el resquicio del ventanal y, preguntó a la gente que paseaba por la noche de Moscú:
-          ¿NO LO OÍS? ¿NO LO OÍS?
Desde abajo, la gente se giraba con el rostro absorto y, tras divisar a Víctor, giraban rápidamente y huían veloces calle arriba.   

Lo primero que hizo Víctor Ivlanovich cuando se despertó el 19 de Mayo fue levantarse y cerrar la ventana. Sin saber cómo ni por qué se la había dejado la noche anterior abierta y ahora un ambiente gélido se apoderaba de la habitación. Hacía un frío brutal allí dentro, sin embargo, Víctor no tiritaba, ni siquiera sentía el frío.
Se dirigió hacia su trabajo, pero algo raro ocurría aquel día. Las calles de Moscú estaban desiertas, no había nadie por allí y el aire, otrora gris y pesado, era hoy de un blanco puro y celestial.
Igualmente extraño era lo que sucedía dentro de la fábrica. Sólo estaba Víctor, no había nadie más allí, y las máquinas ya no chorreaban grasa y chirriaban, estaban limpias y parecían recién compradas. Incluso el propio Víctor ya no olía mal. Aún con todo, nuestro amigo cumplió escrupulosamente su horario y al terminar guardó sus bártulos y volvió hacia su viejo y sucio apartamento, ahora limpio y con la fachada reluciente. Todo parecía del revés aquel 19 de Mayo.
Disfrutó Víctor de toda aquella limpieza, de todo aquel orden, incluso sintió la necesidad de mirarse en algún espejo, quizá también su rostro había cambiado a mejor. A las once en punto se sentó en su sillón de la salita y se dispuso a escribir lo acontecido aquel día. Sin duda iba a tener que innovar para reflejar todo lo que le había sucedido. Pero, al abrir el cuaderno y empezar a anotar la fecha, se sorprendió por las notas, descolocadas, a trazos enormes y gordos, casi garabateando la hoja anterior con fecha 18 de Mayo. Allí se podía leer:
Я хочу сбежать, я летать

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